El cabildo fue una de las primeras instituciones que España impuso en América. Dicha fórmula tiene su origen en los municipios españoles de la Edad Media, los cuales eran cuna y defensa de las libertades populares. Los cabildos eran instituciones urbanas que existían en Castilla. En cuanto los españoles fundaban una ciudad, se creaba el cabildo. Eran entidades importantísimas, porque representaban a la comunidad y derivaban su nombramiento de ésta, y —caso único— no del rey (debe recordarse que todos los nombramientos los hacía personalmente el rey). El cabildo se ocupaba del gobierno y administración de las ciudades y tenían jurisdicción sobre todo el territorio.
Un cabildo colonial.
Sin embargo, su elección no era democrática. El fundador de una ciudad le daba a ésta un cabildo inicial, pero de allí en adelante la entidad se autogeneraba; es decir, los miembros salientes del cabildo elegían a sus sucesores. Los miembros del Cabildo recibían un cargo, el de regidor, y duraban un año en él.
Como decíamos, los cabildos fueron organismos que representaban a la comunidad, aunque debe reiterarse que no eran un instrumento de la voluntad popular.
Estas características del cabildo hicieron que la corona lo mirara con desconfianza. Para separarlo de la comunidad, usó diversos procedimientos. Entre ellos se pueden citar: designar ella misma regidores perpetuos; vender los puestos del cabildo en remate, etc. Para quitarles disimuladamente las atribuciones que ejercía, también se usó la creación de las Audiencias. Pero por más que se irritase la Corona no podía prescindir totalmente de los Cabildos. Y así castigó severamente la destitución del gobernador Acuña y Cabrera, pero no le devolvió el cargo. (En 1655, el Cabildo de Concepción derribó al gobernador Acuña y Cabrera. La causa fue su torpe manejo de la guerra de Arauco).
En estas instituciones se concentró la aristocracia de cada reino americano, único sector social que en aquellos años era capaz de un pensamiento y una acción de tipo política. Por eso, de los cabildos surgieron las agitaciones que culminarían con la Independencia.
Funciones del cabildo
El cabildo realizaba múltiples y diversas funciones:
- En general las de un municipio propiamente dicho: velar por el aseo; ornato; calles, plazas y paseos; servicios públicos como el de agua potable; higiene, etc., de la ciudad. También se preocupaba del estado de las cárceles.
- Llevaba el control de la calidad y precios de los alimentos, y de otros artículos y servicios esenciales para la comunidad, entre ellos de la medicina y la farmacia.
- Poseía atribuciones judiciales.
- Intervenía en la distribución de tierras vacantes en los alrededores de la población o de solares al interior de la misma.
- Podía imponer ciertos gravámenes.
- Ocuparse de la policía local, pudiendo reclutar hombres para proveer a la defensa de la ciudad o de su territorio cuando fuese necesario.
- Dictar normas para la edificación. Inspeccionar y controlar los hospitales, el estado de los caminos, el culto público divino, el abastecimiento local y los precios de los productos esenciales.
- Tenía funciones políticas. Éstas tenían como origen la costumbre, no la ley escrita. Con esa base, el Cabildo de Santiago podía elegir gobernadores. Por ejemplo, designó gobernador a Pedro de Valdivia "hasta que Su Majestad mandase otra cosa". Muerto don Pedro, varios municipios —el de La Serena (Francisco de Aguirre), el de Santiago (Rodrigo de Quiroga) y los del sur (Francisco de Villagra)— se volvieron a arrogar al derecho de elegir gobernador.
Un ejido, bienes del Cabildo.
Los cabildos americanos no tuvieron muchos recursos. Dentro de sus bienes estuvieron los propios, que correspondían a los bienes comunales que pertenecían a los Cabildos y cuyo producto tenía por objetivo solventar los gastos de la corporación. Dentro de ellos estuvieron los ejidos inmediatos a la ciudad (correspondían a un sitio donde los vecinos podían tener sus caballos y recoger leña) y las dehesas (haciendas con pasto donde el Cabildo mantenía ganado vacuno y lanar).
Otra fuente de recursos eran los impuestos permanentes aprobados por el rey, que se destinaban a los diversos gastos del Cabildo y a las numerosas obras públicas que se realizaban. También contaban con los arbitrios, que eran los medios extraordinarios a que recurría la corporación para solucionar problemas inmediatos, tales como las derramas, que eran exigencias de dinero urgentes y obligatorias que se hacían al vecindario y que éste debía pagar.
Se convirtió en tradición, que el Cabildo de Santiago tomase juramento de respetar las leyes a todo gobernador que asumía.
Composición del Cabildo
Entre sus miembros hubo dos alcaldes ordinarios y un número variable de regidores (seis en Santiago). Entre éstos últimos se distinguían los que lo eran por derecho propio, como los oficiales reales, que vivían y ejercían sus cargos en la respectiva ciudad, y los que eran designados, ya sea por elección o por compra del cargo.
Los alcaldes eran los brazos ejecutores de este cuerpo colectivo. Además estaban los funcionarios auxiliares, como: el fiel ejecutor (controlaba los precios, pesos y medidas de artículos), el procurador de la ciudad (representaba los intereses generales de ésta), el alférez real (portaba el estandarte del rey en procesiones y otros actos públicos), etc. Mas, en cuestiones de alta trascendencia, la institución se ampliaba con los vecinos de mayor relevancia a un cabildo abierto.
Los llamados Cabildos abiertos eran reuniones que se celebraban extraordinariamente cuando algún hecho especial así lo requería, y podían asistir a ellos los vecinos invitados. Uno de éstos ocurrió en Santiago y dio origen a la Primera Junta de Gobierno el año 1810. La norma corriente eran los Cabildos cerrados, los cuales eran sesiones ordinarias donde los miembros de la corporación —alcaldes, fieles ejecutores, alférez reales, etc.— debatían los diferentes problemas y les daban solución.
Batalla de Curalaba
La Batalla de Curalaba (del mapudungun curalaba: «piedra partida»), conocida también como Desastre o Victoria de Curalaba, según las fuentes sean cercanas a españoles o mapuches, fue una importante derrota militar de las fuerzas españolas frente a los mapuches ocurrida en 1598. Es considerada una de las principales acciones bélicas de la Guerra de Arauco. Consistió en la casi total aniquilación de una columna comandada por el gobernador de Chile Martín Óñez de Loyola a manos de las huestes dirigidas por el toqui Pelantaro. Esta derrota y la muerte del gobernador desencadenó el abandono masivo de varias ciudades y fuertes españoles del sur de Chile (la Destrucción de las siete ciudades). En el contexto general de la guerra, esta batalla abrió la Rebelión mapuche de 1598, terminó con la estrategia española de conquistar totalmente el territorio mapuche, abriendo paso a los períodos de Guerra defensiva y, posteriormente, a la implementación de una política diplomática basada en los llamados parlamentos mapuches. La importancia de la batalla reside más en su efecto desmoralizador sobre los españoles, que en su magnitud material o el número de hombres involucrados.
Para explicar cómo pudo Pelantaro atacar y destruir Valdivia es preciso referirse primero al Desastre de Curalaba.
El Gobernador acampó descuidadamente en el valle de Curalaba en un sitio llamado Coipo, en una negra noche, en que sólo se escuchaban los sonidos propios del campo apacible y el movimiento de los caballos sueltos, sin sus pesadas sillas y carga. Las ramas y los grillos cantaban su romance en la espesura del bosque, como si esa noche fuese una tranquila velada arrullada por el viento.
Sólo el provincial fray Tovar, con la corazonada de que algo grave iba a ocurrir, solicitó, sin resultados, que por precaución se ensillaran los caballos y se reforzasen los centinelas, siendo objeto de burlonas observaciones de parte de los soldados; finalmente, se aceptó colocar sólo algunas rondas.
En el sector de los caballos se podía, sin embargo, escuchar en la oscuridad llamadas de voces apenas audibles y graznidos de aves del bosque que eran imitados por los burladores araucanos para hacerse las señales convenidas. Era el cerco mapuche que apretaba el nudo del lazo de la trampa mortal esperando el momento de lanzarse al ataque
Amaneció y la agotada guardia se retiró soñolienta de descansar sin esperar su relevo. Era el 23 de diciembre de 1598 con una mañana brumosa y fría. Repentinamente, el bosque cobró movimiento y lentamente se aproximaron, sin hacer ningún ruido, los guerreros de Arauco. Divididos en tres columnas, una al mando de Pelantaro, otra de Aganamón y la tercera, bajo las órdenes de Huinquimilla, avanzaron decididamente en un silencio sepulcral, roto esporádicamente por alguna rama quebrada bajo los ágiles pies de los guerreros.
En un momento dado, saltaron los “conas” sobre el campamento con la rapidez de un rayo, cayendo por todos lados sobre los confiados españoles, en medio de un griterío ensordecedor que desahogaba la tensión de los jóvenes atacantes. Las tiendas de campaña se vinieron abajo al paso de la infantería y los atrapados ocupantes recibían los potentes golpes de maza, cuchilladas y lanzazos en medio de infernales exclamaciones de voces ebrias de victoria, mientras los cuernos de guerra, con su miserere trágico, llamaban a la carga.
La mayoría de los españoles murió sin saber qué estaba ocurriendo, atrapados en las gruesas lonas de sus carpas.
Curalaba no fue un combate. Fue una carnicería. Melicura y Licancura se ensañaron con los aborrecidos auxiliares, en especial con los dos caciques amigos de los castellanos, Iguatutu y Naucopillán.
Murieron todos los soldados excepto, tal vez, Bernardo de Pereda, que fue dejado por muerto, oculto en el follaje del bosque impenetrable. El gobernador, espada en mano, cubierto por su escudo, sin armadura, vendió cara su vida junto a dos valientes y leales soldados que no lo abandonaron. ¡Hidalguía hispana abrazando la muerte!
El clérigo Bartolomé Pérez fue respetado seguramente porque no llevaba armas y era conocido por algunos captores que reconocieron su amor por los nativos; fue canjeado dos años más tarde.
Pereda habría logrado llegar a La Imperial después de dos meses del desastre, con 23 heridas en el cuerpo, irreconocible, flaco y desnudo.
La cabeza de los capitanes y del propio Gobernador fueron paseadas por las comunidades que, entusiasmadas, se alzaron para vengar su cautiverio.
El cráneo del Gobernador fue cercenado por los vencedores, siguiendo la tradicional costumbre y, tal como debe haber ocurrido con el cráneo de don Pedro de Valdivia, fue usado como tiesto para beber (“palilonco“) en las grandes fiestas y guardado como trofeo por Pelantaro y sus descendientes. Sólo en 1608 fue ubicado, identificado y devuelto, siendo objeto de solemnes honras fúnebres.
Por segunda vez un gobernador de Reino perdía la vida en el campo de batalla. Triste “récord” que demostraba la ferocidad de los mapuches, cosa extraordinaria en la conquista de América.
Pelantaro se hizo un botín de cientos de caballos, arcabuces, armas cortantes, objetos de oro y plata, ropa, etc. Luego, atacó a Angol mientras otros caciques caían sobre las demás cuidades. El levantamiento se hizo general. Para combatirlo había 40 hombres en Chillán, 80 en Concepción, 109 en Angol, 100 en Santa Cruz y... nada más. Una dispersión de fuerzas alarmante.
CONSECUENCIAS DEL DESASTRE
Los efectos de Curalaba fueron inmediatos, pues significó una derrota militar con enormes pérdidas de vidas y materiales para España, en especial de los mejores y más experimentados soldados y oficiales con que contaba el Reino.
Lo que para los españoles se tradujo en un duro golpe mortal que los expuso al fracaso total de la conquista fue, por el lado mapuche, la resultante de su paciente preparación para la guerra después de las derrotas que les habían inflingido. La política de cohesión de las tribus que hicieron de la lucha una cruzada nacional en que todos contribuyeron a la guerra, producía sus resultados. La capacidad militar mapuche había alcanzado su máximo desarrollo, justo cuando la castellana declinaba peligrosamente por falta de recursos y de un caudillo que fuese capaz de aglutinar sus esfuerzos deponiendo sus rencillas.
Las tribus indecisas se inclinaron al lado de los rebeldes, incluyendo a los “huilliches” que habían sido fieles a los hispanos. La rebelión se hizo general del Maule a Osorno.
El cuadro se descontrapesó, quedando los conquistadores en una peligrosa inferioridad, frente a los aborígenes que, al final, se daban cuenta que podían ganar la guerra.
Sin embargo, la sorpresa de la victoria también afectó los planes mapuches, puesto que el alzamiento general aun no estaba preparado y se fueron plegando lentamente al carro del vencedor muchas tribus no movilizadas.
El sector nativo occidental de Nahuelbuta sólo a mediados de enero sitió Arauco y el sector oriental sitió Angol a principios de febrero. Siguieron los alzamientos de Catira, Mereguano, Talcamávida, Millapoa y, pronto, de todas las tribus del sur del Biobío.
Estrategia de Pelantaro
Después de Curalaba la figura de Pelantaro adquirió enorme prestigio, al igual que Lautaro, posteriormente a Tucapel, 45 años atrás. Su figura empezó a hacerse legendaria y los entusiasmados caciques no discutieron su mando.
La segunda etapa, concebida en largas horas de discusión a la luz de la luna en los claros de los bosques, fue la de descartar la amenaza de las fortalezas que apoyaban la defensa de las ciudades cercanas a la línea del Biobio, para lo cual se atacaron los fuertes de Arauco y Santa Cruz, con un ataque de distracción a Angol para “clavar” las fuerzas de esta plaza, una de las más poderosas de la región, con lo que impidieron su salida en auxilio de los fuertes acosados, manteniendo la dispersión de las fuerzas hispanas.
Lograda la eliminación de Santa Cruz, la fuerza mapuche se desplazaría rápidamente al sur, amagando La Imperial, con una nueva acción sobre la poderosa Angol, para distraer, esta vez, la atención de Concepción y evitar el socorro a las ciudades del extremo sur. Con el mismo objeto, una fuerte agrupación debería correrse por el flanco hasta Chillán, para impedir que Concepción enviara auxilios a otros sectores, puesto que se haría imprescindible, previamente, deshacerse del enemigo en su retaguardia, mas allá de la línea del norte del Biobio
El motor de la ofensiva la constituiría la caballería “purenense”, centro de la efervescencia bélica, la que tenía gran facilidad de desplazamiento.
Habiendo logrado agotar la capacidad ofensiva de las fuerzas de Concepción y de La Imperial, dominando ya todo el territorio intermedio, se programó la destrucción masiva de las ciudades del extremo sur. Cayeron aún mas allá de Toltén, limite natural de Araucanía, sitiaron y destruyeron sistemáticamente Valdivia, Osorno y Villarrica, mediante la cooperación “huilliche”. De este modo, dejaron en cada una, focos aislados sin posibilidades de ser socorridos
Trataremos de desarrollar el plan del “Toqui”, pero antes diremos dos palabras sobre los hombres que lo asesoraron.
Los capitanes de Araucanía
Durante casi 10 años de campaña, la actitud de Pelantaro se vio secundada por un grupo de heroicos caciques, cuyos nombres merece recordar la Historia. Resaltan entre ellos la figura de: Anganamón, fiero y vengativo señor de Angol; Caminahuel; Epolicán, Catirancura; Huenchecal: Aypinante, Remuante, Huaquimilla: Talcacura; Nabalburi, un inteligente y decidido jefe de informaciones; Paillamacu; el ambicioso “huilliche” Chollol, Onangali, Navalande, Camiñancu, Curalebi, y muchos otros cuyos nombres se pierden en el tiempo y que formaron parte de una legión de héroes nativos, que regaron generosamente con su sangre los campos de batalla en defensa de su tierra. ¡Grandes capitanes de una Patria que pronto nacería!
Alzamiento general
Desde el Maule a Osorno el alzamiento se hizo general. Fue asaltado el fuerte de Longotoro el 16 de enero, donde murieron dos soldados y la mitad de los auxiliares; el resto de la guarnición tuvo que replegarse a Mulchén y Angol. Las fuerzas de Chillán, Angol, Arauco, Concepción y Santa Cruz, alcanzaban apenas a 430 hombres y nadie podía ya fiarse de los auxiliares. El ejército de Cañete se replegó cautelosamente a Arauco, con lo que abandonó un punto clave en el corazón de la Araucanía.
Osorno, Villarrica, La Imperial y Valdivia quedaban ahora aisladas, entregadas a su propia suerte. Era la consecuencia de la dispersión de fuerzas.
Santiago, prácticamente indefenso, no pudo reunir más de 130 hombres para enviarlos al frente.
La calidad del soldado español había decaído mucho, por lo que el éxito de la defensa era sumamente dudoso; además faltaba en el bando castellano el hombre capaz de evitar el desastre.
La desidia de los encomenderos por sacrificarse por los colonos del sur requería de una mano firme que, cortando un par de cabezas, pusiese las cosas en su lugar. ¿Y... dónde estaba ese hombre?
Faltaba un hombre de la talla de Pedro de Valdivia, un Villagra, un Pizarro o un Cortés... Pero tampoco estaba el hombre necesario en España, cuyo sol luminoso llegaba al ocaso en medio de una situación caótica.
En 1588, Felipe II decidió invadir Inglaterra, pero su invencible Armada compuesta por 60 navíos y 6.000 hombres, fue destruida por los elementos. Finalmente se retiró, preso de los padecimientos de la gota, al palacio del Escorial en la Sierra de Guadarrama, desde donde dirigió al mundo hasta que murió en 1598.
El Imperio se derrumbaba. Se perdieron los Países Bajos e Inglaterra dominaba los mares. El erario español en 1579 tenia un enorme déficit. El gobierno fue cayendo en manos de reyes que carecían de valor político, como Felipe III, Felipe IV y el enfermo Carlos II El Hechizado.
Como Diógenes con su lámpara, era inútil buscar al hombre que salvase el Imperio.
En estas condiciones, ¿cómo iban a solucionarse los problemas del lejano Reino de Chile? Naturalmente era más sensato buscar soluciones transitorias recurriendo a capitanes dispuestos a ganar fama con los escasos medios ya entregados.
Desastre de Curalaba.- Sus consecuencias
Historia de Osorno
(www.cervantesvirtual.com, Víctor Sánchez Olivera)
Cincuenta y siete años habían pasado desde que don Pedro de Valdivia inició su grandiosa conquista de Chile, cuando un día desgraciado, el 23 de diciembre de 1598, otro Gobernador, don Martín García Oñez de Loyola, pereció a mano de los indios en Curalaba, lugar cercano a Purén.
Este hecho fue la chispa que encendió uno de los alzamientos más terribles que recuerda la Historia Chilena. Todas las florecientes ciudades del sur fueron cayendo, una a una, bajo el arma implacable del indio, o el fuego incendiario. Y así desaparecieron: Santa Cruz de Coya, Angol, Imperial, Valdivia y la heroica Villarrica, de la cual no salvó un solo defensor.
Es interesante recordar las fechas en que estos acontecimientos trascendentales se fueron sucediendo:
7 de marzo de 1599, despoblación de Santa Cruz de Coya.
24 de noviembre de 1599, incendio y destrucción de Valdivia. Murieron ahí más de 100 españoles y fueron tomados prisioneros por los indios más de 400 mujeres y niños, también españoles.
5 de abril de 1600, despoblación de Imperial.
18 de abril de 1600, despoblación de Angol.
7 de febrero de 1602, fin de la defensa heroica de Villarrica, que había durado más de tres años, y en la que todos murieron.
¿Cuál había sido, mientras tanto, la suerte de la lejana y aislada Osorno?
Durante los primeros tiempos del alzamiento general, el Corregidor, Capitán Jiménez Navarrete, pudo reprimir algunos conatos de sublevación de los indios vecinos a la ciudad.
Construyó, en seguida, dentro del mismo pueblo, un fuerte que sirviera para el refugio y defensa de sus habitantes.
El hambre fue haciendo presa de los infelices moradores de Osorno y de un fuerte que, en Valdivia, había fundado, el 13 de marzo de 1602, Francisco Hernández Ortiz por encargo del Gobernador don Alonso de Rivera y que, según éste, debía servir de base para la repoblación de la ciudad. Sin embargo, este fuerte debió ser abandonado después de indecibles sufrimientos de sus defensores, el 13 de febrero de 1604.
Durante este período trágico murieron en Osorno más de sesenta personas, de hambre, y en el fuerte de Valdivia más de noventa.
Don Crescente Errázuriz, basado en cartas del Gobernador Rivera, dice lo que sigue, con respecto a la pobreza de esta gente:
«Y de las sesenta mil cabezas de ganado, y de las veinte mil yeguas y caballos, y de las setecientas yuntas de bueyes con que se labraba la tierra y de las treinta mil fanegas de trigo y cebada que se podían encerrar, más del maíz y de las papas, estando en paz y quietud, y de los tres mil indios amigos y dos mil yanaconas de servicio, no quedaba sino el recuerdo».
El Padre Rosales, tan exacto en sus relatos, agrega:
«Con la gente fue creciendo el hambre y las necesidades: éranles imposible el sembrar por tener al enemigo siempre sobre sí, y el mismo peligro había en salir a buscar yerbas, porque en descuidándose se llevaban los indios las españolas y las indias de servicio. Moríanse los más de los días mujeres y niños, de hambre, y habiéndose muerto una india la cortó un soldado los pechos y se los comió crudos. Y habiendo enterrado a un soldado salieron a escondidas otros que perecían de hambre y le desterraron y le pusieron en parte donde llegasen los perros y los gallinazos a comérsele para cogerlos y sustentarse con ellos.
Los panecitos de las malvas eran gran regalo, y estándose muriendo un soldado y ayudándolo a bien morir un fraile de San Francisco en lugar de decir los actos de contrición que el Padre le enseñaba a hacer en aquella hora, decía:
-Padre mío, panecitos de malvas que el hambre es la que me mata.
Muchos niños se morían de sed, porque el agua estaba lejos y no había quien la trajese; que hasta el agua les faltaba. Dos mujeres principales que antes apenas comían alones de aves, mataron a escondidas un caballo y le tenían guardado en una casa grande entre sus vestidos ricos, y buscando quien le había muerto y donde estaba le hallaron en la casa. Y porque se echó bando que ninguno matase caballo, por lo mucho que los había menester, a un soldado que mató uno or no morirse de hambre le sacaron por pena los dientes, habiéndole perdonado la vida por muchos ruegos. Hallaron una vaca de el enemigo por gran cosa, y cuando la mataron para repartir entre todos, un alférez reformado se metió dentro de ella y se bebió la sangre cruda de pura hambre. Y habiendo un soldado comídose un perro, murió aullando como perro y por un almud de habas y otro de cebada, dio una mujer unos chapines que valían treinta pesos, y por media fanega de cebada dio otra un vestido bueno de terciopelo. Tanta como ésta era la necesidad que pasaba aquella gente con indecible valor sin esperanza de remedio, muriendo cada día varias personas de hambre, lo cual obligó a despoblar aquella ciudad».
El revés militar unido a la momentanea pérdida de Chiloé por los corsarios holandeses, hizo que Felipe III de España decidiera, en 1599, enviar un oficial veterano de las campañas europeas a dirigir la Guerra de Arauco: Alonso de Ribera. Este gobernador terminará por sentar las bases de la estrategia española en la frontera mapuche, sobre la base de la profesionalización de un ejército permanente y la consolidación de una frontera defendible.
La Corona, por otro lado, comprende que deberá incurrir en gastos para mantener sus posiciones chilenas, por lo que terminará por instituir el cuantioso subsidio denominado Real Situado, que comenzó a remitirse desde el Perú a Chile, en 1600.
Posterior a estos hechos se considera que se da fin al periodo de la Conquista de Chile, y es el inicio al periodo de la Colonia de Chile.
Para explicar cómo pudo Pelantaro atacar y destruir Valdivia es preciso referirse primero al Desastre de Curalaba.
El Gobernador acampó descuidadamente en el valle de Curalaba en un sitio llamado Coipo, en una negra noche, en que sólo se escuchaban los sonidos propios del campo apacible y el movimiento de los caballos sueltos, sin sus pesadas sillas y carga. Las ramas y los grillos cantaban su romance en la espesura del bosque, como si esa noche fuese una tranquila velada arrullada por el viento.
Sólo el provincial fray Tovar, con la corazonada de que algo grave iba a ocurrir, solicitó, sin resultados, que por precaución se ensillaran los caballos y se reforzasen los centinelas, siendo objeto de burlonas observaciones de parte de los soldados; finalmente, se aceptó colocar sólo algunas rondas.
En el sector de los caballos se podía, sin embargo, escuchar en la oscuridad llamadas de voces apenas audibles y graznidos de aves del bosque que eran imitados por los burladores araucanos para hacerse las señales convenidas. Era el cerco mapuche que apretaba el nudo del lazo de la trampa mortal esperando el momento de lanzarse al ataque
Amaneció y la agotada guardia se retiró soñolienta de descansar sin esperar su relevo. Era el 23 de diciembre de 1598 con una mañana brumosa y fría. Repentinamente, el bosque cobró movimiento y lentamente se aproximaron, sin hacer ningún ruido, los guerreros de Arauco. Divididos en tres columnas, una al mando de Pelantaro, otra de Aganamón y la tercera, bajo las órdenes de Huinquimilla, avanzaron decididamente en un silencio sepulcral, roto esporádicamente por alguna rama quebrada bajo los ágiles pies de los guerreros.
En un momento dado, saltaron los “conas” sobre el campamento con la rapidez de un rayo, cayendo por todos lados sobre los confiados españoles, en medio de un griterío ensordecedor que desahogaba la tensión de los jóvenes atacantes. Las tiendas de campaña se vinieron abajo al paso de la infantería y los atrapados ocupantes recibían los potentes golpes de maza, cuchilladas y lanzazos en medio de infernales exclamaciones de voces ebrias de victoria, mientras los cuernos de guerra, con su miserere trágico, llamaban a la carga.
La mayoría de los españoles murió sin saber qué estaba ocurriendo, atrapados en las gruesas lonas de sus carpas.
Curalaba no fue un combate. Fue una carnicería. Melicura y Licancura se ensañaron con los aborrecidos auxiliares, en especial con los dos caciques amigos de los castellanos, Iguatutu y Naucopillán.
Murieron todos los soldados excepto, tal vez, Bernardo de Pereda, que fue dejado por muerto, oculto en el follaje del bosque impenetrable. El gobernador, espada en mano, cubierto por su escudo, sin armadura, vendió cara su vida junto a dos valientes y leales soldados que no lo abandonaron. ¡Hidalguía hispana abrazando la muerte!
El clérigo Bartolomé Pérez fue respetado seguramente porque no llevaba armas y era conocido por algunos captores que reconocieron su amor por los nativos; fue canjeado dos años más tarde.
Pereda habría logrado llegar a La Imperial después de dos meses del desastre, con 23 heridas en el cuerpo, irreconocible, flaco y desnudo.
La cabeza de los capitanes y del propio Gobernador fueron paseadas por las comunidades que, entusiasmadas, se alzaron para vengar su cautiverio.
El cráneo del Gobernador fue cercenado por los vencedores, siguiendo la tradicional costumbre y, tal como debe haber ocurrido con el cráneo de don Pedro de Valdivia, fue usado como tiesto para beber (“palilonco“) en las grandes fiestas y guardado como trofeo por Pelantaro y sus descendientes. Sólo en 1608 fue ubicado, identificado y devuelto, siendo objeto de solemnes honras fúnebres.
Por segunda vez un gobernador de Reino perdía la vida en el campo de batalla. Triste “récord” que demostraba la ferocidad de los mapuches, cosa extraordinaria en la conquista de América.
Pelantaro se hizo un botín de cientos de caballos, arcabuces, armas cortantes, objetos de oro y plata, ropa, etc. Luego, atacó a Angol mientras otros caciques caían sobre las demás cuidades. El levantamiento se hizo general. Para combatirlo había 40 hombres en Chillán, 80 en Concepción, 109 en Angol, 100 en Santa Cruz y... nada más. Una dispersión de fuerzas alarmante.
CONSECUENCIAS DEL DESASTRE
Los efectos de Curalaba fueron inmediatos, pues significó una derrota militar con enormes pérdidas de vidas y materiales para España, en especial de los mejores y más experimentados soldados y oficiales con que contaba el Reino.
Lo que para los españoles se tradujo en un duro golpe mortal que los expuso al fracaso total de la conquista fue, por el lado mapuche, la resultante de su paciente preparación para la guerra después de las derrotas que les habían inflingido. La política de cohesión de las tribus que hicieron de la lucha una cruzada nacional en que todos contribuyeron a la guerra, producía sus resultados. La capacidad militar mapuche había alcanzado su máximo desarrollo, justo cuando la castellana declinaba peligrosamente por falta de recursos y de un caudillo que fuese capaz de aglutinar sus esfuerzos deponiendo sus rencillas.
Las tribus indecisas se inclinaron al lado de los rebeldes, incluyendo a los “huilliches” que habían sido fieles a los hispanos. La rebelión se hizo general del Maule a Osorno.
El cuadro se descontrapesó, quedando los conquistadores en una peligrosa inferioridad, frente a los aborígenes que, al final, se daban cuenta que podían ganar la guerra.
Sin embargo, la sorpresa de la victoria también afectó los planes mapuches, puesto que el alzamiento general aun no estaba preparado y se fueron plegando lentamente al carro del vencedor muchas tribus no movilizadas.
El sector nativo occidental de Nahuelbuta sólo a mediados de enero sitió Arauco y el sector oriental sitió Angol a principios de febrero. Siguieron los alzamientos de Catira, Mereguano, Talcamávida, Millapoa y, pronto, de todas las tribus del sur del Biobío.
Estrategia de Pelantaro
Después de Curalaba la figura de Pelantaro adquirió enorme prestigio, al igual que Lautaro, posteriormente a Tucapel, 45 años atrás. Su figura empezó a hacerse legendaria y los entusiasmados caciques no discutieron su mando.
La segunda etapa, concebida en largas horas de discusión a la luz de la luna en los claros de los bosques, fue la de descartar la amenaza de las fortalezas que apoyaban la defensa de las ciudades cercanas a la línea del Biobio, para lo cual se atacaron los fuertes de Arauco y Santa Cruz, con un ataque de distracción a Angol para “clavar” las fuerzas de esta plaza, una de las más poderosas de la región, con lo que impidieron su salida en auxilio de los fuertes acosados, manteniendo la dispersión de las fuerzas hispanas.
Lograda la eliminación de Santa Cruz, la fuerza mapuche se desplazaría rápidamente al sur, amagando La Imperial, con una nueva acción sobre la poderosa Angol, para distraer, esta vez, la atención de Concepción y evitar el socorro a las ciudades del extremo sur. Con el mismo objeto, una fuerte agrupación debería correrse por el flanco hasta Chillán, para impedir que Concepción enviara auxilios a otros sectores, puesto que se haría imprescindible, previamente, deshacerse del enemigo en su retaguardia, mas allá de la línea del norte del Biobio
El motor de la ofensiva la constituiría la caballería “purenense”, centro de la efervescencia bélica, la que tenía gran facilidad de desplazamiento.
Habiendo logrado agotar la capacidad ofensiva de las fuerzas de Concepción y de La Imperial, dominando ya todo el territorio intermedio, se programó la destrucción masiva de las ciudades del extremo sur. Cayeron aún mas allá de Toltén, limite natural de Araucanía, sitiaron y destruyeron sistemáticamente Valdivia, Osorno y Villarrica, mediante la cooperación “huilliche”. De este modo, dejaron en cada una, focos aislados sin posibilidades de ser socorridos
Trataremos de desarrollar el plan del “Toqui”, pero antes diremos dos palabras sobre los hombres que lo asesoraron.
Los capitanes de Araucanía
Durante casi 10 años de campaña, la actitud de Pelantaro se vio secundada por un grupo de heroicos caciques, cuyos nombres merece recordar la Historia. Resaltan entre ellos la figura de: Anganamón, fiero y vengativo señor de Angol; Caminahuel; Epolicán, Catirancura; Huenchecal: Aypinante, Remuante, Huaquimilla: Talcacura; Nabalburi, un inteligente y decidido jefe de informaciones; Paillamacu; el ambicioso “huilliche” Chollol, Onangali, Navalande, Camiñancu, Curalebi, y muchos otros cuyos nombres se pierden en el tiempo y que formaron parte de una legión de héroes nativos, que regaron generosamente con su sangre los campos de batalla en defensa de su tierra. ¡Grandes capitanes de una Patria que pronto nacería!
Alzamiento general
Desde el Maule a Osorno el alzamiento se hizo general. Fue asaltado el fuerte de Longotoro el 16 de enero, donde murieron dos soldados y la mitad de los auxiliares; el resto de la guarnición tuvo que replegarse a Mulchén y Angol. Las fuerzas de Chillán, Angol, Arauco, Concepción y Santa Cruz, alcanzaban apenas a 430 hombres y nadie podía ya fiarse de los auxiliares. El ejército de Cañete se replegó cautelosamente a Arauco, con lo que abandonó un punto clave en el corazón de la Araucanía.
Osorno, Villarrica, La Imperial y Valdivia quedaban ahora aisladas, entregadas a su propia suerte. Era la consecuencia de la dispersión de fuerzas.
Santiago, prácticamente indefenso, no pudo reunir más de 130 hombres para enviarlos al frente.
La calidad del soldado español había decaído mucho, por lo que el éxito de la defensa era sumamente dudoso; además faltaba en el bando castellano el hombre capaz de evitar el desastre.
La desidia de los encomenderos por sacrificarse por los colonos del sur requería de una mano firme que, cortando un par de cabezas, pusiese las cosas en su lugar. ¿Y... dónde estaba ese hombre?
Faltaba un hombre de la talla de Pedro de Valdivia, un Villagra, un Pizarro o un Cortés... Pero tampoco estaba el hombre necesario en España, cuyo sol luminoso llegaba al ocaso en medio de una situación caótica.
En 1588, Felipe II decidió invadir Inglaterra, pero su invencible Armada compuesta por 60 navíos y 6.000 hombres, fue destruida por los elementos. Finalmente se retiró, preso de los padecimientos de la gota, al palacio del Escorial en la Sierra de Guadarrama, desde donde dirigió al mundo hasta que murió en 1598.
El Imperio se derrumbaba. Se perdieron los Países Bajos e Inglaterra dominaba los mares. El erario español en 1579 tenia un enorme déficit. El gobierno fue cayendo en manos de reyes que carecían de valor político, como Felipe III, Felipe IV y el enfermo Carlos II El Hechizado.
Como Diógenes con su lámpara, era inútil buscar al hombre que salvase el Imperio.
En estas condiciones, ¿cómo iban a solucionarse los problemas del lejano Reino de Chile? Naturalmente era más sensato buscar soluciones transitorias recurriendo a capitanes dispuestos a ganar fama con los escasos medios ya entregados.
Desastre de Curalaba.- Sus consecuencias
Historia de Osorno
(www.cervantesvirtual.com, Víctor Sánchez Olivera)
Cincuenta y siete años habían pasado desde que don Pedro de Valdivia inició su grandiosa conquista de Chile, cuando un día desgraciado, el 23 de diciembre de 1598, otro Gobernador, don Martín García Oñez de Loyola, pereció a mano de los indios en Curalaba, lugar cercano a Purén.
Este hecho fue la chispa que encendió uno de los alzamientos más terribles que recuerda la Historia Chilena. Todas las florecientes ciudades del sur fueron cayendo, una a una, bajo el arma implacable del indio, o el fuego incendiario. Y así desaparecieron: Santa Cruz de Coya, Angol, Imperial, Valdivia y la heroica Villarrica, de la cual no salvó un solo defensor.
Es interesante recordar las fechas en que estos acontecimientos trascendentales se fueron sucediendo:
7 de marzo de 1599, despoblación de Santa Cruz de Coya.
24 de noviembre de 1599, incendio y destrucción de Valdivia. Murieron ahí más de 100 españoles y fueron tomados prisioneros por los indios más de 400 mujeres y niños, también españoles.
5 de abril de 1600, despoblación de Imperial.
18 de abril de 1600, despoblación de Angol.
7 de febrero de 1602, fin de la defensa heroica de Villarrica, que había durado más de tres años, y en la que todos murieron.
¿Cuál había sido, mientras tanto, la suerte de la lejana y aislada Osorno?
Durante los primeros tiempos del alzamiento general, el Corregidor, Capitán Jiménez Navarrete, pudo reprimir algunos conatos de sublevación de los indios vecinos a la ciudad.
Construyó, en seguida, dentro del mismo pueblo, un fuerte que sirviera para el refugio y defensa de sus habitantes.
El hambre fue haciendo presa de los infelices moradores de Osorno y de un fuerte que, en Valdivia, había fundado, el 13 de marzo de 1602, Francisco Hernández Ortiz por encargo del Gobernador don Alonso de Rivera y que, según éste, debía servir de base para la repoblación de la ciudad. Sin embargo, este fuerte debió ser abandonado después de indecibles sufrimientos de sus defensores, el 13 de febrero de 1604.
Durante este período trágico murieron en Osorno más de sesenta personas, de hambre, y en el fuerte de Valdivia más de noventa.
Don Crescente Errázuriz, basado en cartas del Gobernador Rivera, dice lo que sigue, con respecto a la pobreza de esta gente:
«Y de las sesenta mil cabezas de ganado, y de las veinte mil yeguas y caballos, y de las setecientas yuntas de bueyes con que se labraba la tierra y de las treinta mil fanegas de trigo y cebada que se podían encerrar, más del maíz y de las papas, estando en paz y quietud, y de los tres mil indios amigos y dos mil yanaconas de servicio, no quedaba sino el recuerdo».
El Padre Rosales, tan exacto en sus relatos, agrega:
«Con la gente fue creciendo el hambre y las necesidades: éranles imposible el sembrar por tener al enemigo siempre sobre sí, y el mismo peligro había en salir a buscar yerbas, porque en descuidándose se llevaban los indios las españolas y las indias de servicio. Moríanse los más de los días mujeres y niños, de hambre, y habiéndose muerto una india la cortó un soldado los pechos y se los comió crudos. Y habiendo enterrado a un soldado salieron a escondidas otros que perecían de hambre y le desterraron y le pusieron en parte donde llegasen los perros y los gallinazos a comérsele para cogerlos y sustentarse con ellos.
Los panecitos de las malvas eran gran regalo, y estándose muriendo un soldado y ayudándolo a bien morir un fraile de San Francisco en lugar de decir los actos de contrición que el Padre le enseñaba a hacer en aquella hora, decía:
-Padre mío, panecitos de malvas que el hambre es la que me mata.
Muchos niños se morían de sed, porque el agua estaba lejos y no había quien la trajese; que hasta el agua les faltaba. Dos mujeres principales que antes apenas comían alones de aves, mataron a escondidas un caballo y le tenían guardado en una casa grande entre sus vestidos ricos, y buscando quien le había muerto y donde estaba le hallaron en la casa. Y porque se echó bando que ninguno matase caballo, por lo mucho que los había menester, a un soldado que mató uno or no morirse de hambre le sacaron por pena los dientes, habiéndole perdonado la vida por muchos ruegos. Hallaron una vaca de el enemigo por gran cosa, y cuando la mataron para repartir entre todos, un alférez reformado se metió dentro de ella y se bebió la sangre cruda de pura hambre. Y habiendo un soldado comídose un perro, murió aullando como perro y por un almud de habas y otro de cebada, dio una mujer unos chapines que valían treinta pesos, y por media fanega de cebada dio otra un vestido bueno de terciopelo. Tanta como ésta era la necesidad que pasaba aquella gente con indecible valor sin esperanza de remedio, muriendo cada día varias personas de hambre, lo cual obligó a despoblar aquella ciudad».
El revés militar unido a la momentanea pérdida de Chiloé por los corsarios holandeses, hizo que Felipe III de España decidiera, en 1599, enviar un oficial veterano de las campañas europeas a dirigir la Guerra de Arauco: Alonso de Ribera. Este gobernador terminará por sentar las bases de la estrategia española en la frontera mapuche, sobre la base de la profesionalización de un ejército permanente y la consolidación de una frontera defendible.
La Corona, por otro lado, comprende que deberá incurrir en gastos para mantener sus posiciones chilenas, por lo que terminará por instituir el cuantioso subsidio denominado Real Situado, que comenzó a remitirse desde el Perú a Chile, en 1600.
Posterior a estos hechos se considera que se da fin al periodo de la Conquista de Chile, y es el inicio al periodo de la Colonia de Chile.
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Reconstrucción de Santiago
Solo restos humeantes fue lo que encontró Valdivia a su regreso a Santiago, cuatro días después del combate. Su gente había pasado las noches en medio de las ruinas y con las armas en la mano, esperando un nuevo ataque de los indios. Aunque solo habían muerto cuatro españoles, el resto estaban todos heridos, yaciendo en el suelo, sin casas ni víveres, sin ropa. Y es que hasta los libros del cabildo habían sido destruidos por el incendio.
El conquistador, lejos de abatirse, ordenó de inmediato la reconstrucción de la ciudad, con paredes de adobe en vez de la madera que se usó la primera vez. De igual forma, mandó a construir un fortín a orillas del cerro Santa Lucía y una cerca de más de 120 metros cuadrados por dos metros de alto y con más de 200 mil adobes, para guardar las provisiones y, para guarecer también allí, a los niños y mujeres en caso de un ataque. Además, hizo recorrer los campos para recoger todos los víveres que fuera posible, aunque solo se logró una pequeña cantidad de maíz que destinó solo para semilla, mandando sembrarla en los alrededores de la ciudad. Asimismo encontraron entre las ruinas, dos almuerzas de trigo (la porción que cabe en las dos manos juntas); las que también fueron sembradas.
Los soldados pasaron a ser cuadrillas de obreros, que alternaban el trabajo con la vigilancia. Valdivia y un grupo de jinetes recorrían en todo momento los campos, deshaciendo los grupos de indios que se reunían hasta a diez leguas a la redonda aunque estos, jamás dejaron de acosar la ciudad y de amenazar los sembrados.
La primera cosecha fue paupérrima. La escaza semilla sembrada produjo apenas doce fanegas de maíz, o sea, poco más de media tonelada. La cosecha de trigo, aunque mucho más abundante, también era insuficiente. Además, Pedro de Valdivia reservó la mayor parte de la cosecha para nuevas siembras.
Los colonizadores sufrieron las más penosas privaciones en ese segundo año de conquista. “Los víveres eran ya tan raros”, escribía Valdivia al rey Carlos V, “que se creía dichoso el individuo que lograba cincuenta granos de maíz por día, o un puñado de trigo”. “Las plantas, las raíces, los ratones de campo y otras cosas inmundas eran el sustento de aquellos aventureros”, cuenta Claudio Gay.
Según relata Gerónimo de Bibar, “sembrado este trigo dieron doce fanegas de trigo aquel año (1542), y el segundo hubo mucho. Se multiplicaron los cerdos, y caza había mucha: perdices, que hay muchas, y carneros salvajes que se llaman guanacos, que tienen tanta carne como una ternera. Cuando los naturales no nos daban lugar a cazar, comíamos chicharras, que hay gran cantidad en esta tierra. Para cazarlas tomábamos unas talegas (sacos). Cuando el sol calienta, vuela; y al ponerse el sol, las chicharras se posan en unos arbolitos pequeños que hay en las acequias. Cuando queríamos ir a cazar, madrugábamos, íbamos hasta aquellos lugares, las tomábamos sin que se meneasen y les echábamos en las talegas que llevábamos. Ya teníamos qué comer. Era caza cierta mientras duraba el verano”.
Todo mejoró a comienzos de 1543 con una abundante cosecha de trigo y de maíz. “Por el mes de septiembre de 1543 llegó el navío de Lucas Martínez Vegaso al puerto de Valparaíso; y el Capitán Alonso de Monroy con la gente por tierra, a mediados del mes de diciembre. Desde entonces los indios no osaron venir más, ni siquiera a cuatro leguas en torno a la ciudad (se retiraron hasta las orillas del rio Maipo), y cada día enviaban mensajeros diciendo que fuese a pelear con ellos…Yo les respondía que así haría” (Carta de Pedro de Valdivia al Rey).
***************************************************************************
FUENTES: “Historia de Chile”, Diego Barros Arana; “Historia de Chile”, Claudio Gay; “Crónica de los Reinos de Chile”, Gerónimo de Bibar; Carta al Rey Carlos V, despachada por Pedro de Valdivia el 4 de septiembre de 1545, desde La Serena.
FUENTE: http://www.historiasdechile.cl
El conquistador, lejos de abatirse, ordenó de inmediato la reconstrucción de la ciudad, con paredes de adobe en vez de la madera que se usó la primera vez. De igual forma, mandó a construir un fortín a orillas del cerro Santa Lucía y una cerca de más de 120 metros cuadrados por dos metros de alto y con más de 200 mil adobes, para guardar las provisiones y, para guarecer también allí, a los niños y mujeres en caso de un ataque. Además, hizo recorrer los campos para recoger todos los víveres que fuera posible, aunque solo se logró una pequeña cantidad de maíz que destinó solo para semilla, mandando sembrarla en los alrededores de la ciudad. Asimismo encontraron entre las ruinas, dos almuerzas de trigo (la porción que cabe en las dos manos juntas); las que también fueron sembradas.
Los soldados pasaron a ser cuadrillas de obreros, que alternaban el trabajo con la vigilancia. Valdivia y un grupo de jinetes recorrían en todo momento los campos, deshaciendo los grupos de indios que se reunían hasta a diez leguas a la redonda aunque estos, jamás dejaron de acosar la ciudad y de amenazar los sembrados.
La primera cosecha fue paupérrima. La escaza semilla sembrada produjo apenas doce fanegas de maíz, o sea, poco más de media tonelada. La cosecha de trigo, aunque mucho más abundante, también era insuficiente. Además, Pedro de Valdivia reservó la mayor parte de la cosecha para nuevas siembras.
Los colonizadores sufrieron las más penosas privaciones en ese segundo año de conquista. “Los víveres eran ya tan raros”, escribía Valdivia al rey Carlos V, “que se creía dichoso el individuo que lograba cincuenta granos de maíz por día, o un puñado de trigo”. “Las plantas, las raíces, los ratones de campo y otras cosas inmundas eran el sustento de aquellos aventureros”, cuenta Claudio Gay.
Según relata Gerónimo de Bibar, “sembrado este trigo dieron doce fanegas de trigo aquel año (1542), y el segundo hubo mucho. Se multiplicaron los cerdos, y caza había mucha: perdices, que hay muchas, y carneros salvajes que se llaman guanacos, que tienen tanta carne como una ternera. Cuando los naturales no nos daban lugar a cazar, comíamos chicharras, que hay gran cantidad en esta tierra. Para cazarlas tomábamos unas talegas (sacos). Cuando el sol calienta, vuela; y al ponerse el sol, las chicharras se posan en unos arbolitos pequeños que hay en las acequias. Cuando queríamos ir a cazar, madrugábamos, íbamos hasta aquellos lugares, las tomábamos sin que se meneasen y les echábamos en las talegas que llevábamos. Ya teníamos qué comer. Era caza cierta mientras duraba el verano”.
Todo mejoró a comienzos de 1543 con una abundante cosecha de trigo y de maíz. “Por el mes de septiembre de 1543 llegó el navío de Lucas Martínez Vegaso al puerto de Valparaíso; y el Capitán Alonso de Monroy con la gente por tierra, a mediados del mes de diciembre. Desde entonces los indios no osaron venir más, ni siquiera a cuatro leguas en torno a la ciudad (se retiraron hasta las orillas del rio Maipo), y cada día enviaban mensajeros diciendo que fuese a pelear con ellos…Yo les respondía que así haría” (Carta de Pedro de Valdivia al Rey).
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FUENTES: “Historia de Chile”, Diego Barros Arana; “Historia de Chile”, Claudio Gay; “Crónica de los Reinos de Chile”, Gerónimo de Bibar; Carta al Rey Carlos V, despachada por Pedro de Valdivia el 4 de septiembre de 1545, desde La Serena.
FUENTE: http://www.historiasdechile.cl
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