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Campaña de Tacna y Arica

A


Expedición a Ilo
Expedición a Mollendo

                                                                                                  



 Combate de Los Ángeles


Asalto y Toma del MOrro de Arica
Batalla de TAlca

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Relatos de la Guerra del Pacífico Asalto y Toma del Morro de Arica


Quitada la venda de los ojos de Salvo, fue introducido a presencia del jefe peruano, que de pie recibió a nuestro enviado.

Bolognesi era un anciano de marcial apostura; de frente ancha despejada, nariz si se quiere recta pero un poco ancha; usaba pera y bigote y tenía todo el aspecto de un viejo veterano.


En esos momentos llevaba un sencillo uniforme cubierto por un paletot azul abrochado militarmente; sus pantalones eran color garanse, es decir, grana o colorado, como los que antaño usamos nosotros, con franja de oro en ambas piernas; y cubría su cabeza el tradicional quepis de estilo francés, llevando al frente el escudo peruano, que era un sol de oro:

«Un momento después el oficial chileno llegó a la presencia del jefe de la plaza; su conferencia fue breve, digna y casi solemne de una y otra parte.

'El coronel Bolognesi había invitado al mayor Salvo a sentarse a su lado en un pobre sofá colocado en la testera de un salón entablado pero sin alfombra y sin más arreos que una mesa de escribir y unas cuantas sillas.

Y cuando en profundo silencio ambos estuvieron el uno frente al otro, se entabló el siguiente diálogo:

-Lo oigo a Ud., señor -dijo Bolognesi-, con voz completamente tranquila.

-Señor -contestó Salvo-, el general en jefe del Ejército de Chile, deseoso de evitar un derramamiento inútil de sangre, después de haber vencido en Tacna al grueso del Ejército Aliado, me envía a pedir la rendición de esta plaza, cuyos recursos en hombres, víveres y municiones conocemos.

-Tengo deberes sagrados, repuso el gobernador de la plaza, y los cumpliré quemando el último cartucho.

-Entonces está cumplida mi misión, dijo el parlamentario, levantándose.

-Lo que he dicho a Ud. -repuso con calma el anciano-, es mi opinión personal; pero debo consultar a los jefes; y a las dos de la tarde mandaré mi respuesta al Cuartel General chileno.

Pero el mayor Salvo, más previsor que nuestros diplomáticos, le replicó en el acto:

-No, señor comandante general. Esa demora está prevista, porque en la situación en que respectivamente nos hallamos, una hora puede decidir de la suerte de la plaza. Me retiro.

-Dígnese Ud. aguardar un instante, replicó el gobernador de la plaza. Voy a hacer la consulta aquí mismo, en presencia de Ud.

Y agitando una campanilla llamó un ayudante, al que impartió orden de conducir inmediatamente a consejo a todos los jefes.

Mientras éstos llegaban conversaron los dos militares sobre asuntos generales; pero el jefe sitiado insistió sobre la necesidad de regularizar la guerra, lo que pareció traicionar cierta ansiedad por su vida y la de los suyos; mas no se llegó a una discusión formal, porque con dilación de pocos minutos comenzaron a entrar todos los jefes a la sala.

El primero de ellos fue Moore, vestido de paisano, pero con corbata blanca de marino; enseguida Alfonso Ugarte, cuya humilde figura hacía contraste con el brillo de sus arreos; el modesto y honrado Inclán; el viejo Arias; los comandantes O'Donovan, Zavala, Sáenz Peña, los tres Cornejo y varios más.

Cuando estuvieron todos sentados, en pocas y dignas palabras el gobernador de la plaza reprodujo en substancia su conversación con el emisario chileno, y al llegar a la respuesta que había dado a la intimación, se levantó tranquilamente Moore y dijo:

-Ésa es también mi opinión.

Siguieron los demás en el mismo orden, por el de su graduación, y entonces dejando a su vez su asiento el mayor Salvo, volvió a repetir:

-Señores, mi misión está concluida... Lo siento mucho.

Y luego, alargando la mano a algunos de los jefes que le tendían la suya cordialmente, fue diciéndoles sin sarcasmo, pero con acentuación:

-Hasta luego.

Despedido enseguida en el mismo orden en que había sido recibido, llegaba el mayor Salvo a su batería, a las 8:30 de la mañana, y sin cuidarse mucho de decir cuál había sido el resultado de su comisión, pedía un alza y un nivel para apuntar sus piezas de campaña a los fuertes del norte que tenía a su frente'».

Vicuña Mackenna termina esta interesante página con la anotación siguiente:

«La escena y el diálogo de la intimación de Arica, nos fue referida por el mayor Salvo a los pocos días de su llegada a Santiago, en junio de 1880, conduciendo en el Itata, los prisioneros de Tacna y Arica, y la hemos conservado con toda la fidelidad de un calco»

*Asalto y Toma del Morro de Arica de Nicanor Molinare


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Caído en el Asalto y Toma del Morro de Arica

Relación de Jefes y Oficiales peruanos muertos en la Batalla de Arica

Comandancia General de Arica

Coronel Francisco Bolognesi

Subteniente N. Miner

Subteniente Cipriano Ruiz

Comandancia General de la Séptima División



Coronel José Joaquín Inclán

Teniente Coronel Ricardo O'Donovan



Comandancia General de la Octava División



Coronel Alfonso Ugarte

Coronel Mariano Bustamante



Granaderos de Tacna



Coronel Justo Arias Aragüez

Sargento Mayor Felipe Antonio de Zela

Sargento Mayor Tomás Chocano

Sargento Mayor Miguel Espinoza

Sargento Mayor Juan Isúsquiza

Capitán Pedro Correa

Capitán Felipe León

Capitán Ordoner Vargas

Teniente Esteban Giles

Teniente Vitaliano Becerra

Teniente Ascencio Rivera

Teniente Mariano Benavides

Teniente Arístides Sologuren

Subteniente Manuel Trelles

Subteniente Julio Berríos

Subteniente Aureliano Gómez García

Subteniente Noé Picoaga

Subteniente Néstor Birne

Subteniente Ricardo Téllez Ortíz

Subteniente Lizardo Zevallos

Subteniente Carlos Murphi



Artesanos de Tacna



Mayor Armando Blondel

Capitán Manuel Lara

Teniente Clodomiro Bustamante

Teniente Abel Zela

Teniente José Soto

Teniente Federico Basadre

Subteniente Armando Basadre

Subteniente Juan Alay



Tarapacá



Teniente Coronel Ramón Zavala

Teniente Coronel Benigno Cornejo

Teniente Federico Verastaín

Teniente Simón Grados

Teniente Pedro Helmes

Subteniente Alejandro Montfor

Subteniente Eleodoro Zevallos

Subteniente Aníbal Chávez

Subteniente Ramón Osorio



Iquique



Teniente Vicente Almonte

Teniente Enrique Hernández

Teniente Manuel Lara

Subteniente Elías Loayza

Subteniente Vicente Rodó

Subteniente Francisco Rodríguez

Subteniente Federico Castilla



Cazadores de Tacna



Teniente Coronel Francisco Cornejo

Sargento Mayor Genaro Vizcarra

Teniente Manuel Pozo

Teniente José Soto

Teniente Ricardo Barreda

Teniente Andrés Belaúnde

Teniente Rufino Vargas

Subteniente Isaías Medina

Subteniente Guillermo Santana



Baterías del Este



Sargento Mayor Fermín Nacarino

Capitán Juan Ramírez

Teniente 2º Armada Nemesio Baunhumen

Teniente 2º Armada Antonio Moreno

Teniente 2º Armada Manuel Terry

Alférez Lizardo Pedraja

Alférez Eusebio Napure

Alférez Enrique Zapata

Alférez José Belaúnde

Alférez Manuel Moyano



Baterías del Morro



Capitán de Navío Juan Guillermo Moore

Capitán Cleto Martínez

Capitán Adolfo King

Teniente 1º Miguel Espinoza

Teniente Emilio de los Ríos

Teniente Tomás Olaya

Subteniente Francisco Alláu









Relación de Jefes y Oficiales chilenos muertos en la Batalla de Arica



Regimiento 3° de Línea



Capitán Tristán Chacón

Subteniente José Pobrete

Sargento 2° José Dávila

Sargento 2° Benjamín Henríquez

Sargento 2° Eugenio Rojas

Cabo 1° Eustaquio Venegas

Cabo 1° Nicolás Alarcón

Cabo 1° Celedonio Cáceres

Cabo 1° Federico Cáceres

Cabo 1° Valeriano Flores

Cabo 2° Juan Rubio

35 Soldados



Regimiento 4° de Línea



Teniente Coronel Juan José San Martín

Subteniente Miguel Aguirre

Sargento 1° Pedro San Martín

Sargento 2° Domingo Fajardo

Sargento 2° José Frez

Sargento 2° Manuel Martínez

Sargento 2° Santiago Canales

Sargento 2° José Astudillo

Cabo 1° Demetrio Díaz

Cabo 1° Martín Chandía

Cabo 1° José Agujera

Cabo 1° Ramón Burgos

Cabo 1° Manuel Díaz

Cabos 2° Eugenio Saavedra

Cabos 2° Benjamín Pinochet

Cabos 2° Benjamín Jara

Cabos 2° Santiago Araya

Cabos 2° Elías Sánchez

55 Soldados



Regimiento Lautaro



Cabo 1° Idilio Navarro

Cabo 1° Pedro Fuentes

Cabo 2° Pablo Ojeda

13 Soldados



Regimiento Cazadores a Caballo

Cabo 2° Domingo Malvenda

4 Soldados

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Partes de Guerra del Asalto y Toma del Morro de Arica

Parte del Comandante Manuel de la Torre
A bordo del Limarí, Arica, junio 9 de 1880

Señor Secretario de Estado en el despacho de Guerra:

Después del resultado desgraciado de nuestras armas en el combate librado el 26 del mes pasado en los Altos de Tacna, la plaza de Arica, cuya custodia había sido encomendada a la diminuta y mal armada fuerza de nacionales que aparece del estado adjunto, quedó sometida a un estrecho asedio de mar y tierra por fuerzas infinitamente superiores a las nuestras.

El valiente coronel Bolognesi, jefe de la plaza, no recibió ni al siguiente día 16, ni nunca, propio ni comunicación oficial alguna que, dando a conocer el estado en que había quedado nuestro ejército y el punto a que se retiraba, le indicara la norma de conducta que debía seguir la plaza de Arica y las determinaciones o planes que se proponía adoptar el Director de la guerra o nuestro General en Jefe.

Solo se supo que Tacna había sido tomada, y, desde luego se mandó imposibilitar el uso de la vía férrea y se emprendió los trabajos de defensa, de lícito empleo en la guerra, que acrecentaran en algo el poder de las fuerzas defensoras.

Resuelta en junta de guerra la defensa de la plaza, en obedecimiento de una orden del General Montero, dada con fecha 24, para el caso de un fracaso de nuestro ejército en Tacna y determinado el plan de defensa, cada uno de los jefes y secciones de las fuerzas terrestres y marítimas ocuparon su puesto, resueltos todos a un sacrificio seguro, pero de profícuos resultados, en la convicción de que se seguía un plan bien meditado y de segura salvación para el honor y los intereses de la patria.

Muchos propios se hizo al General Montero, sin obtener contestación alguna. Estábamos a oscuras, pero todos resueltos a la defensa hasta el último trance para dar tiempo de operar a nuestras fuerzas del Norte.

En esta situación, aparece en la mañana del día 29 un escuadrón de caballería enemiga, que practicó el reconocimiento de la quebrada de Chacalluta y se retiró una hora después.

El día 2, a las 6 a.m., aparecieron de nuevo tres escuadrones y poco después dos trenes, que conducían crecido número de fuerzas. Continuó desde ese día el tráfico activo de trenes y una serie de exploraciones de caballería sobre las colinas y cerros de Chacalluta y Azapa, que dominan la plaza, hasta que el día 5 apareció, en la madrugada, poderosa artillería, estacionada en los puntos más vecinos y dominantes.

A las 6 a.m. de ese día recibió el jefe de la plaza un parlamento del general en jefe del ejército chileno, por el cual, manifestando una deferencia especial a la enérgica actitud de la plaza, expresaba su deseo de evitar la efusión de sangre, que creía estéril y de ningún resultado práctico para sus defensores, atendida la excesiva superioridad de las fuerzas marítimas y terrestres con que se hacía el asedio.

El general de la plaza, previo acuerdo de una junta de los jefes de las fuerzas defensoras, cuya unánime opinión fue consecuente a la determinación adoptada en días anteriores, de hacer la defensa hasta el último trance, despidió al parlamentario, don Juan de la Cruz Salvo, dándole por contestación para su general: que, agradeciendo el acto de deferencia, la determinación de las fuerzas defensoras de Arica era quemar el último cartucho.

Un momento después de retirado el señor parlamentario. a las 9 a.m., la artillería Krupp, situada en las colinas de Chacalluta a Azapa, principió un nutrido fuego a bomba sobre nuestras baterías del Norte y del Este, el cual era contestado a los puntos a que podían alcanzar nuestros cañones. Duró este bombardeo, con un pequeño intervalo, hasta las 4:30 p.m., sin que los pocos tiros caídos en la población, ni los recibidos en nuestras baterías hubieran ocasionado daños de consideración.

El día 6, a las 12:50 p.m., principió de nuevo el bombardeo de las baterías enemigas de tierra, al que aunó poco tiempo después el del mar por el Loa,, Magallanes, Covadonga y el Lord Cochrane.

Un tiro de la batería San José acalló los fuegos de una batería de cuatro cañones, la más baja de las que había colocado el enemigo.

Las baterías Santa Rosa, Dos de Mayo, el Morro y el Manco Cápac, que abandonó su fondeadero y salió al encuentro del Cochrane, contestaron los fuegos del mar.

Terminó el combate a las 4:30, hora en que la batería de San José obligó a la retirada al regimiento Lautaro, que se aproximó por la parte Norte hasta el varadero de Watteree.

El resultado de esta jornada nos fue favorable, pues el Cochrane recibió una bomba de a 70, del Morro, que le produjo incendio y algunas bajas (27 hombres), y la Covadonga recibió dos balazos, sin que por nuestra parte hubieran averías de consideración.

En este día todas las baterías y fuerzas, así como el Manco Cápac, cumplieron dignamente su deber, manifestando ánimo, entusiasmo y ardimiento, merecedores de un gran aplauso.

A las 6 p.m. el ingeniero T. Elmore que en días anteriores había sido hecho prisionero en Chacalluta, se presentó al jefe de la plaza con el carácter de parlamentario, para inquirir de él si se hallaba dispuesto a entrar en arreglos, cubierto como se hallaba ya el honor nacional y de las fuerzas defensoras, con los dos días de combate habidos.

El jefe de la plaza, de acuerdo con la junta, se negó a reconocer al señor Elmore con el carácter de parlamentario, y lo despidió indicándole contestar: que sólo estaba dispuesto a recibir parlamentarios en forma y con arreglo a las prescripciones militares del caso.

Ocupados estaban los puestos de defensa en la noche del 6 al 7 en la forma siguiente: 8a. División a la defensiva de las baterías del Norte y la 7a. a la de las baterías del Este, distante casi tres millas una de otra división.

La noche fue completamente oscura, y a las 5:30 a.m., cuando aún no había luz para distinguir los objetos a un kilómetro de distancia, un cañonazo de las baterías del Este, al que siguieron otros, anunciaron la proximidad del enemigo por ese flanco. Pocos momentos después rompiose el fuego de fusilería, y se trabó reñido combate.

Media hora después de trabado el combate, el jefe de la plaza, que veía aumentarse excesivamente las fuerzas que atacaban por el Este, mientras que nuestras filas disminuían rápidamente por las bajas que ocasionaba el nutrido fuego enemigo y que veía distantes todavía las fuerzas que emprendían el ataque por el Norte, dispuso viniese en auxilio la 8a. División.

Llegaban a paso de trote a las faldas del Morro los batallones Iquique y Tarapacá, que formaban la expresada división, cuando arrolladas nuestras fuerzas del Este por el excesivo número de los que atacaban por ese lado, se replegaban ya sobre los parapetos de Cerro Gordo. A gran esfuerzo, jadeantes, llegaron a la altura del Morro el teniente coronel don Ramón Zavala, a la cabeza de medio batallón del Tarapacá, y el teniente coronel Roque Sáenz Peña, a la cabeza de medio batallón del Iquique, rompiendo con bravura sus fuegos sobre el enemigo que ya coronaba la altura de Cerro Gordo y lo flanqueaba al mismo tiempo por los lados del Este y Oeste con otras fuerzas.

En esta situación, se replegaron sobre los parapetos del Norte los medios batallones de Iquique y Tarapacá con los restos de la 7a. División, para hacer allí el postrer esfuerzo, mientras los medios batallones que aún no habían tenido tiempo para llegar, fueron dispersados bajo el mortífero fuego de Cerro Gordo.

Palmo a palmo, y con empeñoso afán, fueron defendidas nuestras posiciones hasta el Morro, donde nos encerró y nos redujo a unos cuantos el dominante y nutrido fuego del enemigo de más de una hora.

Eran las 8:59 a.m. cuando todo estaba perdido; muertos casi todos los jefes, prisioneros los únicos que quedaban, y arriada por la mano del vencedor nuestra bandera. En tan supremos momentos volaron casi todos los polvorines y pudo inutilizarse algunos cañones del Morro, mientras que las baterías del Norte, atacadas ya por el regimiento Lautaro y algunos escuadrones a quienes habían tenido alejados, volaron también sus polvorines e inutilizaron todos sus cañones.

Perdida toda esperanza, el Manco Cápac que, con las baterías del Norte había protegido nuestra izquierda, hizo proa al Cochrane y desengañado de no poder hacer su postrer tiro al enemigo, su comandante, con serenidad y acierto. le echó a pique para no dar ese nuevo elemento de poder a las fuerzas marítimas de Chile.

Han sucumbido en la lucha los coroneles Francisco Bolognesi, don Juan Guillermo Moore, don Alfonso Ugarte, don José J. Inclán, don Justo Arias y Aragüez, don Mariano F. Bustamante; los tenientes coroneles don Ricardo O'Donovan, don Ramón Zavala, don Francisco Cornejo y don Benigno Cornejo; los sargentos mayores don Armando Blondel, don Felipe A. Zela y don Fermín Nacarino, y muchos señores oficiales. Quedan heridos algunos y prisioneros los demás, de todo lo cual encontrará V.S. adjunta una relación detallada.

Atacaron por la parte del este los regimientos de línea 3o. y 4o., fuertes de 1,200 plazas cada uno, y el batallón Bulnes, sirviendo de reserva el Buín; y por el norte el regimiento Lautaro, toda la artillería y caballería; más de 7 mil hombres.

Numerosa es la mortalidad por nuestra parte, que se calcula en las dos terceras partes de las fuerzas defensoras. No es mucho menos la del enemigo.

Adjuntos encontrará también V.S. los partes que han pasado algunos jefes de cuerpos y baterías, que elevo originales.

Es esta, señor Secretario, la relación fiel y a grandes rasgos de los hechos ocurridos desde el 26 del pasado hasta el 7 del presente, en lo que se relaciona con la plaza de Arica y de los cuales he creído de mi deber, por la muerte del jefe de la plaza. dar a V.S. este parte para que llegue a conocimiento de S.E. el Jefe Supremo de la República.

Al hacerlo, omito apreciaciones y recomendaciones, dejando al país al Supremo Gobierno la calificación de los hechos, cuyos detalles daré en circunstancias más propicias.

Quiera Dios y la Patria aceptar el sacrificio de tantas víctimas, de tantos patriotas de corazón, como un holocausto ofrecido en aras del honor nacional, para la salvación del país, y pluguiera a la Divina Providencia, por tanta sangre generosa vertida, que nuestro Gobierno sea siempre bien inspirado y retemplado el valor, la fe y el entusiasmo en nuestro pueblo que, una vez por todas, debe mostrarse unido y viril hasta ver realizados sus nobles propósitos.



Manuel C. de la Torre

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Foto Asalto y Toma del Morro de Arica El Morro de Arica

Izamiento del Pabellón chileno en el Morro

Artillería Nº 2 en Fortificaciones

Laderas del Morro de Arica

Ladera y Planicie superior del Morro

Morro de Arica
Alto Mando peruano









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Héroes de la Batalla del Asalto y Toma del Morro de Arica

Juan José San Martín

Francisco Bolognesi

Pedro Lagos Marchant

Juan Guillermo Moore

Ricardo Silva ArriagadaAlfonso UgarteJuan Pablo Ayllón

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Asalto y Toma del Morro de Arica

El Asalto y Toma del Morro de Arica marca un gran hecho de Armas para los dos Ejércitos participantes. Mientras el chileno se dice que asaltó el lugar de difícil acceso en solo 55 minutos, los aliados demostraron su gran valentía y patriotismo al resistir hasta el último cartucho llevando a sus defensores a la Gloria a la cabeza de su máximo referente el Coronel Francisco Bolognesi


Tras la huída de las tropas aliadas luego del triunfo chileno en la Batalla de Tacna, en el Campo de la Alianza, la dotación peruana apostada en Arica quedaba completamente aislada, huérfana de ayuda y a merced del Ejército chileno.

Por su parte el General Manuel Baquedano, ya pensando en el ataque a la Capital peruana, no estaba dispuesto a dejar fuerzas enemigas a sus espaldas y menos una plaza tan importante como lo era el Puerto de Arica, decidiendo el ataque sobre el Coronel Bolognesi y sus hombres, designando para dicha misión al Coronel Pedro Lagos, con un total de 5.380 hombres pertenecientes a los Regimientos Buin, 3º de Línea, 4º de Línea, Lautaro, Bulnes, dos Escuadrones del Carabinero de Yungay, dos Escuadrones del Cazadores a Caballo y cuatro Baterías de Artillería, suficiente cantidad de hombres para asegurar un nuevo triunfo para las armas chilenas.
El Coronel Francisco Bolognesi, enterado del fracaso aliado en Tacna, envía varios telegramas al 2º Ejercito del Sur, apostado en Arequipa, que comandaba el Coronel Leiva, pidiéndole que acudiera en auxilio de sus posiciones, pero lamentablemente para él y sus tropas no hubo contestación positiva. Cada vez estaban más solos en Arica.
El día 1 de Junio el Comandante Rafael Vargas comandando las fuerzas de caballería partieron rumbo al Puerto de Arica, y al llegar al río Lluta son atacados sorpresivamente. Una vez reorganizados, se lanzan en persecución de los atacantes capturando a dos individuos, el Ingeniero Teodoro Elmore y su Ayudante, quienes portaban planos en los cuales se indicaban las posiciones donde se encontraban ubicadas las minas que llenaban la ciudad.

El 4 de Junio, las fuerzas de Lagos comenzaron a coronar el plan chileno, enviando a la Artillería de Campaña al N. E. de la ciudad.

Convencido de la futura victoria, el Jefe chileno decide enviar al Coronel José de la Cruz Salvo como parlamentario ante Bolognesi, pidiéndole rendición, para evitar así un innecesario derramamiento de sangre. El siguiente es el dialogo que hubo según Vicuña Mackenna en su libro La Campaña de Tacna y Arica:
Bolognesi.- Le oigo a usted señor.

Salvo.- Señor, el General en Jefe del Ejército de Chile, deseoso de evitar un derramamiento inútil de sangre, después de haber vencido en Tacna al grueso del Ejercito aliado, me envía a pedir la rendición de esta plaza, cuyos recursos en hombres, víveres y municiones conocemos.

Bolognesi.- Tengo deberes sagrados y los cumpliré quemando el último cartucho.
Salvo.- Entonces está cumplida mi misión Bolognesi.- Lo que he dicho a usted es mi opinión personal; pero debo consultar a los jefes, y a las dos de la tarde mandaré mi respuesta al Cuartel General chileno.

Salvo.- No señor Comandante General, esta demora está prevista, porque en la situación que previamente nos hallamos una hora puede re decidir de la suerte de plaza. Me retiro.
Bolognesi.- Dígnese usted aguardar un instante, voy a hacer la consulta aquí mismo y en presencia de usted.
Fue unánime el apoyo a la decisión de Bolognesi. Todos decidieron pelear hasta quemar el último cartucho.

De vuelta al Cuartel chileno, el Coronel Salvo da cuenta del resultado de su misión. La suerte esta sellada para la guarnición ariqueña.

Los días venideros hubo escaramuzas entre la Artillería de ambos bandos, pero sin causar daños de consideración.

El 6 de Junio, el Coronel Lagos envió un segundo parlamentario, eligiendo esta vez al Ingeniero Elmore, quien ni siquiera fue recibido por el Jefe peruano. Fracasadas las tentativas, el Jefe chileno decide atacar a la brevedad.

Bolognesi sabía perfectamente que el ataque chileno se realizaría pronto, por lo que decidió hacer una redistribución de sus fuerzas. El coronel Inclan con los granaderos se situaron en el Fuerte Este. Los soldados que formaban el regimiento Artesanos de Tacna, ocuparon el Fuerte Ciudadela. El capitán Moore con los cazadores de Piérola se ocuparon de las defensas de las baterías del Morro, allí estaban también el coronel Bolognesi y sus servidores de artillería.

Aprovechando la oscuridad de la noche, el 3º y el 4º de línea bajaron hacia el Valle de Azapa y luego al sector de serranías. El 3º quedo frente al Fuerte Ciudadela y el 4º frente al Fuerte Este.

Los centinelas del Ciudadela, sorprendieron el avance de los chilenos e hicieron fuego, alertando a los defensores que corrieron a sus puestos. Los del 3º de línea al ser descubiertos, se lanzaron al asalto a toda carrera. Una vez atravesados los mil metros que los separaban del fuerte cayeron sobre las trincheras abriéndolas con los corvos, saltando luego al interior de ellas. El primero en hacerlo fue el subteniente José Ignacio López, quien arrió el pabellón bicolor peruano. Al ingresar mas atacantes al Ciudadela, estallaron dos minas haciendo volar por el aire a algunos soldados chilenos. El uso de las minas enfureció a los atacantes, quienes se precipitaron sobre sus enemigos, dando muerte  a cuanto defensor que hallaron, sin importar si se rendía o no. Los oficiales trataron de calmar a sus soldados, pero eso fue imposible. Mientras a las 4 AM el 4º de Línea se dirigía al Fuerte Este.

Apenas aclaro el día, su avance fue descubierto por la infantería y artillería peruana que abrió fuego contra ellos. Al igual que contra el Fuerte Ciudadela, los asaltantes al conquistarlo, dan muerte a todo enemigo que alcanzaron.  
La lucha fue mas corta que la del 3º de línea, pues la mayor parte de los defensores emprendieron retirada hacia el Morro.

Mientras tanto, el regimiento Lautaro, a las ordenes del coronel Barbosa, capturaba la batería San José. Los fuertes Santa Rosa y 2 de Mayo fueron dinamitados por sus propios defensores.

Cuando el 3º y 4º de línea ya habían conquistado sus posiciones, se lanzaron en pos del Morro, olvidándose de las ordenes recibidas de esperar al regimiento Buin.

Una verdadera lluvia de balas caía sobre los chilenos, causando gran mortandad en sus filas; pero con sin igual furia siguieron avanzando. En pocos momentos alcanzaron la cima de la fortaleza, cayendo sobre los enemigos dando muerte de forma brutal a los oficiales Francisco Bolognesi y Juan Moore, salvando la vida de los demás oficiales peruanos, la oportuna llegada de oficiales chilenos que calmaron a sus hombres, evitando así mas derramamiento innecesario de sangre. Cuando la bandera chilena fue izada en el mástil del Morro por el teniente del 4º de línea Casimiro Ibáñez, el capitán del buque peruano Manco Cápac, abriendo las válvulas de su monitor lo hundió en el mar.

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ERES EL HISTORIADOR N°

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