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Campaña de La Sierra Campañas Terrestres de la Guerra del Pacífico
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Campaña de Lima Campañas Terrestres de la Guerra del Pacífico
| Expedición Lynch Combate del Manzano Batalla de Chorrillos |
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Escuadra chilena en la Guerra del Pacifico
Tenía reducto central de acero, doble fondo, espolón de 8' 2" y casco forrado con madera y zinc y 8 compartimientos estancos. Su protección consistía en un cinturón acorazado de 9" a media altura de su puntal al centro del buque y de 4 1/2" en los extremos. La batería tenía un blindaje de 8" de espesor y una coraza de 3" en la cubierta, sobre el reducto central de batería. La batería principal podía batir todo el horizonte con dos de sus cañones de 9". En el palo mayor llevaba una cofa artillada. | |
Adquirido en Hull, Inglaterra por contrato de abril de 1872. Su construcción tuvo lugar en Hull , Yorkshire, Inglaterra, en los astilleros Earle Ship Building Co. Lanzado al agua el 25 de enero de 1874.Participó en la Guerra del Pacifico, siendo su acción más destacada la captura del monitor peruano Huáscar en la Combate naval de Angamos, el 8 de octubre de 1879. | |
Construida en astilleros Raenhill & Co., Londres. Adquirida en Inglaterra por Ley del 04 de marzo de 1872. Botada al agua el 28 de julio de 1873. Participó en la Guerra del Pacífico en los Combates de Chipana, Antofagasta y Angamos. | |
Construida en Londres en virtud de la Ley del 2 de agosto de 1864 por un costo de $ 285.000 (48 peniques). Terminada en julio de 1866.Hizo toda la Guerra del Pacifico, en 1879. Estuvo en servicio hasta 1895. | |
Construída en astilleros Ravenhill, Londres en virtud de la Ley del 2 de agosto de 1864 por un costo de $ 285.000 (48 peniques). Terminada en julio de 1866. No alcanzó a llegar para la Guerra contra España, por haber sido intervenido el buque por el Gobierno inglés. Salió de Inglaterra sólo en 1868. Hizo toda la Guerra del Pacifico, en 1879. Se desarmó en 1890 y fue declarada pontón, siendo declarada excluído del servicio por D.S. Nº 545 del 31 de marzo de 1909. | |
Su construcción fue autorizada por Decreto Supremo de 30 de junio de 1852, firmado por el Presidente de la República Manuel Montt y el Ministro de Marina José Francisco Gana y en el que se autorizaba " invertir hasta la suma de doscientos mil pesos para llenar el vacío que deja en la Marina Militar de la República, la falta de un buque a vapor, perfectamente guerrero en su construcción y armamento". Fue hundida gloriosamente el 21 de mayo de 1879, en el combate naval de Iquique, inmortalizando su nombre y el de su Comandante, Capitán de Fragata, Arturo Prat. | |
Cañonera Covadonga Construida en el Arsenal de la Carrara en Cádiz, por Real Orden de 10 de junio de 1857, como "Goleta a Hélice". Capturada por el Capitán de Fragata Williams Rebolledo en el Combate Naval de Papudo el 26 de noviembre de 1865, durante la Guerra contra EspañaSe distinguió en el Combate Naval de Abtao y en La Guerra del Pacifico, especialmente en el Combate Naval de Punta Gruesa, el 21 de mayo de 1879. Se hundió el 13 de septiembre de 1880, en Chancay, mientras se izaba una hermosa embarcación encontrada al garete, que explotó a su costado, porque era una artera trampa de los peruanos. | |
Vapor Tolten Construido en los astilleros F. y G. Rennie de Francia. Su casco era de fierro y su propulsión a ruedas. Durante La Guerra del Pacifico, se empleó en transporte de tropas a Cobija, Pisagua y Pacocha en 1879 y 1880. Se hundió en Valparaíso el 14 de agosto de 1900 en un temporal, al ser embestido por la chata " Julia ". | |
La Corbeta de Madera y fierro Abtao fue construída en Nueva York en 1864. Este era un buque gemelo del famoso corsario Alabama de destacada actuación en la guerra de la secesión americana. Con un Desplazamiento de 1.057 toneladas, montaba 3 cañones de 150 libras y 4 de 40 libras. Tenía una máquina de 1000 caballos de fuerza nominales, cuando nueva, pero en 1879 estaba muy disminuida y no podía desarrollar más de 6 nudos. Había sido meses antes, vendida en pública subasta en $18.000 y hubo que recomprarla. | |
Vapor Matías Cousiño Construido en astilleros de Hamtlepool, Inglaterra. Su casco era de fierro y su propulsión a hélice. Tenía tres mástiles y aparejo de bergantín goleta. Su máquina era compound fabricada por T. Richardson & Sons. En la Guerra del Pacífico en 1879, doña Isidora Goyenechea de Cousiño lo puso a disposición del Gobierno para servir de transporte. Su Capitán era don Augusto Castleton y sirvió como buque carbonero y transporte de la escuadra chilena | |
Participó en la Combate naval de Angamos, donde la Marina de Chile capturó al monitor peruano Huáscar. En el bloqueo a El Callao, después de desembarcar en ese puerto 510 heridos peruanos de la batalla de Tacna, fue hundido por una mina colocada en una balandra aparejada y con víveres, la cual se pretendió izar el 03 de julio de 1880, creyendo que había sido enviada en señal de agradecimiento. Murieron el Capitán de Corbeta Guillermo Peña Urizar y 119 hombres. |
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Combate Naval de Punta Gruesa
Combate Naval de Punta Gruesa
Campaña Naval de la Guerra del Pacífico
La importancia del Combate Naval de Punta Gruesa es inmensa, y radica en la perdida para el Perú de su mejor buque, la Fragata Blindada Independencia.
La Covadonga huía de la Independencia mientras la atacaba. Una bala de la Covadonga deshizo la escotilla de la máquina. En el puente de la Independencia estaban Moore con los Tenientes Palacios y Narciso García y García. Moore maldecía, sus ordenes eran ejecutadas con impericia. Otro bombazo trizo el puente por la mitad. Rifleros desde la orilla disparaban sobre la Covadonga.
La Independencia acosaba a los chilenos contra la caleta de molle, tratando de encerrarlo, esperando la aparición del Huáscar, pero nuevamente la Covadonga esquiva a su perseguidor por fondos bajos.
Siete a doce brazas limpias de profundidad en Punta Gruesa le fue anunciando a Moore. Ahí, tenía planeado espolonear.
Sonda en mano anunciaba la profundidad. 10,9 brazas. Desde la Covadonga tiroteaban furiosamente a la Independencia. Ya veían a la corbeta hundida o rendida. Ni More ni sus oficiales se movían del puente. A proa el Alférez Guillermo García y García espada en mano espera que se acorte la distancia.
Cuando la profundidad era de ocho brazas la Independencia acelera para dar el golpe final.
Los timoneles de la Independencia en una pésima maniobra dirigían al blindado hacía la costa, mientras Guillermo García y García caía despedazado por el fuego chileno.
Las rocas partían la Independencia. El feroz chirrido detuvo al imponente buque descuajando las calderas.
More no podía explicar el desastre. El blindado inmóvil, prácticamente destruido, el Huascar no aparece y la Covadonga regresa a dar el último golpe.
Los marineros saltaban al agua, pero More ordenó mantenerse en sus puestos. El agua comenzaba a filtrarse en el buque. Viendo lo crítico de la situación se ordenó prender fuego a la Santa Bárbara y arriar los botes para abandonar el buque.
La Covadonga empezó a hacer fuego sobre la embarcación, que aunque inmóvil, mantenía su bandera a tope, signo de que se mantenía el combate.
El Coronel Manuel Chapel respondía el fuego con sus infantes sobre el blindado peruano.
La Independencia sigue cayendo hacia estribor. La metralla había quebrado la driza que sostenía en alto el bicolor peruano. El marinero peruano Federico Navarrete corrió a repararlo. Después de cumplir su heroica misión cae muerto por una bala que lo atravesó.
Juan Guillermo More y su Independencia han sido derrotados. Ahora, el Huáscar tendrá que pelear solo.
Todo había acabado para el blindado más poderoso del Perú, cuando el Huáscar fue avistado.
La Covadonga al percatarse huyo rumbo al sur, ya habían hecho más de lo que se esperaba.
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Combate Naval de Iquique
El Combate Naval de Iquique marca lo que sería de ahí en más la Guerra del Pacífico. Con la muerte de Prat nace una leyenda en Chile, que impulsa a cada uno de los ciudadanos a los cuarteles para defender la Patria. Su ejemplo y el de la Tripulación de la Esmeralda, hizo renacer el amor patrio. Por otra parte sobresale la imagen de Miguel Grau, un hombre como pocos: excelente marino y estratega, pero sobretodo un Caballero. El era la Marina del Perú, y supo dejarla muy en alto.
El Huáscar con la Independencia se encontraban en el puerto de Pisagua, buscando información sobre la escuadra enemiga. Ahí le informaron al almirante Grau que la escuadra chilena había partido rumbo al Callao para enfrentarse con ellos y que solo habían dejado a los dos buques mas débiles con la misión de bloquear Iquique: La Esmeralda y la Covadonga, pero advirtiéndoles que tenían noticias de que la primera estaba rodeada de torpedos.
Ya llegando a Iquique, Grau reunió a su tripulación y les dijo:
Tripulantes del Huáscar, estamos a la vista de Iquique, allí no solo están nuestros afligidos compatriotas de Tarapacá, allí esta el enemigo todavía impune, ha llegado la hora de castigarlo, espero que lo sabréis hacer.
¡Viva el Perú!
Amanecía el día 21 de Mayo de 1879 sobre la rada de Iquique. Las tripulaciones de los buques chilenos Esmeralda, al mando del capitán don Arturo Prat y la Covadonga al mando de Carlos Condell, naves encargadas de bloquear este puerto despertaban sin saber que en pocos minutos mas deberían batirse con las mejores y más poderosas naves peruanas: El Huáscar, al mando del almirante don Miguel Grau y la Independencia al mando del capitán More.
Los chilenos estaban muy desconsolados ya que la escuadra chilena había partido rumbo al Callao en busca de la escuadra enemiga, siendo ellos los que se llenarían de gloria y que ellos no podrían demostrar lo que serian capaces de hacer por la patria, encargados solamente de sostener el bloqueo de Iquique.
La camanchaca cubría los buques, reposados tranquilamente en la bahía, De pronto el vigía de la Esmeralda avista dos columnas de humo y dando la voz de alarma grito: DOS HUMOS AL NORTE!!
Prat y Condell trataban de identificar los buques que se acercaban, lo que lograron solo cuando la camanchaca desaparecía. Eran los buques peruanos el Huáscar y la Independencia.
Desde las playas peruanas se agrupaban las gentes avivando a sus buques y listos para presenciar una fácil victoria para su gran escuadra y su orgullosa bicolor. Nunca imaginaron el arrojo y valentía de los marinos chilenos. Mientras en la costa el coronel peruano Belisario Suárez, pedía a la gente volver a sus casas. Los infantes de marina ocuparon sus puestos, las cornetas del Huáscar tocaban al ataque.
El aspirante Villavicencio izo ordenes a la Independencia, que navegaba por Punta Piedras de abrir fuego.
Prat daba instrucciones a Condell para entrar en combate, cuando el Huáscar dispara el primer cañonazo de advertencia ordenado por el gran almirante Grau. Este disparo cayó en medio de los dos buques chilenos y tenía como fin intimidar a estos y la posterior rendición de las débiles embarcaciones chilenas.
El capitán Carlos Condell, al ver que la Independencia iba hacia el sur, con intenciones de cerrar el paso en esa dirección a los chilenos, puso toda maquina hacia Antofagasta, logrando pasar antes de ser interceptado. El Lamar, otro buque chileno que estaba en el bloqueo, por ordenes del capitán Prat, ya había tomado minutos antes rumbo al sur, alejándose del combate. La Independencia emprendió persecución sobre la Covadonga.
Quedaban solo dos buques en Iquique, frente a frente: El Huáscar y La Esmeralda.
Prat, después de asegurarse que su tripulación había desayunado, bajo a su camarote, poniéndose su uniforme de parada, tomó su sable y al subir a cubierta, se dirigió a su tripulación diciendo:
MUCHACHOS, LA CONTIENDA ES DESIGUAL. NUESTRA BANDERA NUNCA HA SIDO ARRIADA ANTE EL ENEMIGO Y ESPERO QUE NO SEA ESTA LA OCASIÓN DE HACERLO. MIENTRAS YO VIVA, ESA BANDERA FLAMEARÁ EN SU LUGAR Y SI YO MUERO MIS OFICIALES SABRÁN CUMPLIR CON SU DEBER.
¡VIVA CHILE!
La Esmeralda tuvo que quedarse en su fondeadero ya que sus calderas y maquinarias estaban en pésimas condiciones, manteniéndose cerca de la costa para así evitar que Grau los bombardeara copiosamente por miedo de herir a sus compatriotas apostados en las playas. En el Huáscar, se habían recibido noticias que la Esmeralda no se movía debido a que estaba rodeada de torpedos. Este pensamiento se debió a que días atrás los chilenos en simulaciones de combate habían hecho explotar unas bombas, lo que llego a oídos de las autoridades peruanas de Iquique, haciendo creer a esto que la explosión se debía a torpedos. Este engaño involuntario evitaba así que la débil embarcación chilena fuera espolonada por el Huáscar.
Hasta ese momento la Esmeralda no recibía un daño considerable, debido a la mala puntería de los artilleros peruanos; los esmeraldinos, a pesar de dar en el blanco, no eran capaces de traspasar el blindado del buque peruano.
De pronto la Esmeralda comenzó a recibir fuego desde las guarniciones peruanas en tierra, lo que causo gran mortandad en los chilenos y peor aun obligo a moverse a la corbeta, alertando así al almirante peruano de la inexistencia de torpedos alrededor de los chilenos. Ya no existía impedimento para espolonear a la vieja mancarrona.
Acorralada entre dos fuegos, trato de alejarse, pero sus viejas calderas por el esfuerzo desplegado explotaron dejándola totalmente inmóvil, siendo bombardeada intensamente por el terror del pacífico, como también se le conocía al Huáscar. Su suerte no podía prolongarse. Grau sabia que era el momento de atacar, ordenando retroceder al monitor, para luego embestir al buque chileno con el espolón.
Consiente el Capitán chileno que con su armamento no sería capaz de vencer al enemigo, vio como única posibilidad el abordar al monitor, para así llegar al puente de mando de este. Tarea mas que imposible. Al ver que el Huáscar se aprestaba a espolonear a la corbeta, tomando en una mano su sable y en la otra su revolver, salto sobre la cubierta del Huáscar al grito de
¡AL ABORDAJE MUCHACHOS!
Por el ruido del combate solo fue escuchado a tiempo para seguirlo por el Sargento Juan de Dios Aldea y el marinero olvidado Luís Ugarte. Avanzando por la cubierta enemiga los valientes chilenos, en busca del puente enemigo, se encontraron con un oficial peruano, valiente marino que pidió la rendición a los chilenos. Pero Prat no había saltado al abordaje para rendirse y disparo contra el oficial del Huáscar, dándole muerte. Los tripulantes del Huáscar, viendo caer a su oficial abrieron fuego sobre Prat, atravesándole la sien causándole la muerte instantánea y el sargento Aldea caía herido también sobre la cubierta del monitor, en estado agonizante. Ya muerto su comandante, sólo quedaba una cosa que hacer para su tripulación: Vencer o Morir.
El Huáscar se lanzo por segunda vez sobre la ya inservible corbeta dando de lleno en el centro y dando también la oportunidad de saltar al abordaje del monitor peruano de un grupo de marinos chilenos, que seguían al teniente Ignacio Serrano. La suerte de estos valerosos héroes no podían ser distintas a la de su comandante, siendo acribillados en cubierta dejando muy mal herido al oficial, que fue llevado agónico por la tripulación peruana a un camarote para ser atendido por el cirujano de a bordo, por orden del almirante Grau.
Apenas dejaron solo a Serrano, éste trato de incendiar el buque enemigo, prendiéndole fuego a las cortinas de la habitación con una lámpara, lo que fue detectado por los tripulantes evitando que el fuego se propagara. Pocas horas después, muere por causas de sus heridas el valiente teniente chileno don Ignacio Serrano.
Mientras afuera el combate terminaba, la Esmeralda comenzaba a hundirse, no sin antes hacer el ultimo disparo por el guardiamarina Riquelme, quien se hundió junto a la corbeta.
Mientras Prat vivió, la bandera no se arrió y cuando él murió, sus oficiales supieron cumplir con su deber. Con el tricolor a tope la Esmeralda se hundía en la rada de Iquique.
Eran las 12:10 AM del 21 de Mayo de 1879, tras el tercer espolonazo, el combate había terminado.
El almirante Grau ordeno arriar los botes para rescatar a los sobrevivientes de la corbeta chilena.
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La guerra civil de 1829-1830
Los primeros agrupaban a los bandos de gobierno: pelucones de Ruiz Tagle, liberales aristócratas, liberales populacheros, la pandilla y los pipiolos.
La oposición unía circunstancialmente a o’higginistas, a la sazón tan incrementados que solos formaban el bando político más poderoso del momento; los estanqueros, que reunían a los hombres de más valer real de la época: Gandarillas, Benavente, Portales, los Errázuriz y Rengifo, y los federalistas.
Leer más .......
- El acuerdo entre los opositores era aún más difícil que entre los constitucionalistas. Por último, los pelucones y los neutros formaban en potencia una masa tan voluminosa, que bastaba movilizarlos para que aplastaran a gobiernistas y opositores juntos. Pero en 1829 seguían sin caudillo, sin programa y sin organización electoral. Bajo la máscara de un avance democrático, a Constitución de 1828 había introducido una reforma en el sistema de elecciones que iba a pesar durante sesenta y dos años en la vida política del pueblo chileno. Hasta entonces, el poder electoral era disfrutado por un número de individuos con cierta independencia de los partidos. En su gran mayoría eran ajenos a la lucha política, mas en vez de seguir al gobierno, entidad abstracta y lejana para ellos, votaban por el personaje de sus simpatías o influencias, el cura párroco, el gobernador local, etc. sin interesarse por su ideología. Para afianzarse en el mando los grupos que detentaban el poder urdieron un sistema tan sencillo como eficaz para controlar las elecciones desde el gobierno: "Son ciudadanos activos —decía el articulo 7.º de la Constitución— los chilenos naturales que habiendo cumplido veintiún años, o antes si fuesen casados o sirviesen en la milicia, profesen alguna ciencia, arte o industria, o ejerzan algún empleo o posean un capital en giro o propiedad raíz en qué vivir." A pesar de que la redacción de Mora no quedó perfectamente clara, prevaleció el espíritu sobre la letra y se interpretó en el sentido de que todo individuo inscrito en las milicias era ciudadano. Como estas inscripciones las hacían las autoridades dependientes del ejecutivo, este poder quedó ungido en supremo elector. Para aplastar al contrario opositor bastaba inscribir en los registros de la guardia cívica un número de individuos superior al de las demás categorías de electores, para lo cual se hacía que todas las calificaciones o boletas de los cívicos quedaran en manos del jefe de cuerpo o de un oficial de confianza. Este sistema sirvió de base electoral al régimen portaliano, especialmente en su fase liberal. El finísimo Zapiola nos ha dejado también una soberbia descripción de los preparativos para las elecciones de 1829: "Se nombraron —dice—, entre otras, tres comisiones que debían funcionar incesantemente alrededor de las mesas receptoras; estas comisiones tenían los títulos siguientes: Comisión negociadora, Comisión apretadora y Comisión arrebatadora. Pocas palabras explicarán el respectivo objeto de estas comisiones. La negociadora se empleaba en la compra de calificaciones y del voto, si se podía, de los que se dirigían a votar; la apretadora, muy numerosa, en impedir acercarse a la mesa a los enemigos. Cuando estos medios eran insuficientes, la arrebatadora ponía en ejercicio su titulo en el momento en que el votante sacaba su calificación. El que arrebataba una calificación debía, para evitar reclamaciones y alboroto, abandonar inmediatamente la mesa en que lo había hecho, y dirigirse a otra de la parroquia más inmediata, de donde venía al momento su reemplazante..." De nuevo los fraudes compitieron en ingenio y habilidad. En Melipilla el gobernador hizo practicar las elecciones de Cabildo y asamblea entre gallos y medianoche, tres días antes del fijado por la ley. En muchos lugares, brutales atropellos manu militari costaron no pocas vidas. En Los Andes hubo ocho muertos. La gracia y la picardía desviaron la indignación pública en Santiago. En la mesa de la Catedral se hizo votar primero a todos los gobiernistas sin exigírseles poder. Una vez agotados los boletos propios, se exigió el poder, quedando casi toda la oposición sin votar. No obstante, era tan crecido el número de contrarios que aunque sólo sufragaban los que traían calificación legítima, ganaban en la mesa por más de cien votos. Pronto se discurrió el remedio. Las cajas con los votos se depositaban en piezas especiales bien alumbradas y vigiladas durante la noche siguiente al acto. "La de la parroquia de la Catedral— dice Zapiola— se depositó esta vez, como siempre, en una pieza del poniente del pórtico de la cárcel, sobre una mesa separada de la calle por el grueso de la muralla, con la ventana abierta y las luces consabidas. Recién colocada allí la caja, don Cayetano O’Ryan, entusiasta pipiolo, se introdujo en ese cuarto, sin ser visto por los cuidadores, por una puerta lateral que se abrió para él solo; en seguida, y gateando para no ser visto de aquéllos, se colocó tras la mesa, cubierta en gran parte por la caja. Permaneció allí más de una hora sentado o de rodillas alternativamente. En ese tiempo se ocupó en introducir por una rendija casual o a propósito, valiéndose de un cuchillo, trescientos votos pipiolos". Y los opositores, que creían triunfar por doscientos votos, resultaron derrotados por cien. Las elecciones de elector se llevaron a cabo en toda la república los días 15 y 16 de mayo. El mayor desconcierto de los partidos de gobierno, vencedores en las de los días 3 y 4. Su resultado fue el siguiente: Un nuevo motín encabezado por Urriola, triste epílogo de las elecciones, que fue vengado con el fusilamiento de un sargento y tres soldados, mientras los cabecillas quedaban impunes, contribuyó a afirmar en la conciencia pública el concepto de que el gobierno tenía de su propia debilidad. En las subsecuentes elecciones de diputados y senadores el gobierno obtuvo, por procedimientos similares a los empleados en la anterior, los dos tercios de los diputados. No obstante las reyertas e insultos que encabezaban “El Hambriento” y “El Canalla”, los estanqueros se habían mantenido fieles a Pinto. Los abusos electorales los decidieron a apoyar a Ruiz Tagle. Y los colocó a la cabeza de los bandos opositores un nuevo periódico, "El Sufragante", dirigido con habilidad por Gandarillas. Basta señalar, como reflejo de su éxito de público, que llegó a tirar 1.500 ejemplares, cifra fantástica para la época. Desde esa etapa, los estanqueros capitanearon el movimiento de opinión que iba a conducir a la guerra civil de 1829, aunque el acuerdo entre Rodríguez Aldea y Portales sólo se produjo en septiembre de ese año. La reelección de Pinto, a pesar de las sanciones que entrañaba, hacía incompatible su vuelta con la dignidad del cargo y con su conciencia cívica. Se vio obligado, por tanto, a solicitar un permiso, reemplazándolo don Francisco Ramón Vicuña. Francisco Antonio PintoDe acuerdo con la votación, el Congreso proclamaba sin observaciones presidente a don Francisco A. Pinto, que había obtenido mayoría absoluta. Forzando la interpretación de la ley don José María Novoa obligó al Congreso a elegir vicepresidente a don Joaquín Vicuña, que figuraba en cuarto lugar en la votación. Al día siguiente de la proclamación se producía el acuerdo revolucionario entre estanqueros y o’higginistas. "El Sufragante" proclamó sin eufemismos la revolución y las provincias de Concepción y Maule, así como el ejército del sur, desconocieron la legalidad de las proclamaciones del presidente y vicepresidente realizadas por el Congreso. Ante tal estado de cosas, Pinto reiteró su renuncia de la alta investidura. El Congreso se negó rotundamente a aceptarla, y envió repetidas comunicaciones conminándolo a hacerse cargo de la presidencia, la última de las cuales insistía en que se ‘dijese al general don Francisco Antonio Pinto que no ha lugar a su solicitud del 28 de septiembre último y que se apersone al Congreso mañana domingo, 18 del corriente, a las 12 del día, a recibirse del cargo de presidente de la República’. El senador por Chiloé pidió que constara en el acta "que su voto era porque se declarara traidor a la patria al presidente electo si se resistía por tercera vez a recibirse del mando". Animado por un sano espíritu público, más que por las coacciones de que era objeto, al fin Pinto resolvió asumir el mando para patrocinar un acuerdo entre los estanqueros y los liberales moderados que evitara la revolución. Mas sus propósitos fueron inútiles: la pandilla, los pipiolos y los exaltados lo frustraron y el presidente abandonó definitivamente el poder. Don Francisco Ramón Vicuña, anciano bondadoso, lleno de virtudes domésticas, iba a pasar por el mando del país como una figura decorativa, gobernada por Novoa, Ramos y Muñoz Bezanilla a su albedrío. El nuevo gobierno exteriorizó pronto una agresividad propia de los tres bandos que lo apoyaban, inconcebible bajo la presidencia personal de Pinto. Decidido el planteamiento de las fuerzas que se iban a debatir fatalmente en la guerra civil, Prieto comisionó al coronel Manuel Bulnes para que sublevare las provincias del sur hasta Colchagua y recogiese las armas y recursos que en ellas hubiera. El 9 de noviembre de 1829 Bulnes entraba a Rancagua. Todo el territorio del Bío-Bío al Maule quedaba en poder de Prieto sin disparar un tiro. Al reunirse ambos jefes en dicha ciudad, sus fuerzas, con todo, no pasaban de 1.000 hombres mal armados, desnudos, impagos, casi sin municiones, que se agrupaban con el pomposo nombre de "Ejército Libertador". Joaquin Prieto VialMientras tanto, la absoluta pasividad del ejército gobiernista movió a Novoa y dem6s mentores de Vicuña a solicitar el concurso de Freire, a la sazón muy distanciado de ellos. Pero su esposa, la bella y enérgica doña Manuela Caldera, era de un pipiolismo exaltado, legendario por largos años en las tradiciones de la sociedad santiaguina. Su influencia, no obstante, estaba neutralizada, precisamente, por el arma favorita de los pipiolos: la injuria y el escándalo, de que había sido blanco predilecto el propio Freire. Rodríguez Aldea, Gandarillas y Portales esgrimieron con fortuna los anteriores agravios. El primero de éstos nos ha dejado un relato sabroso de la polémica: “Freire no admitió la nueva oferta ni los otros quisieron ceder; continuó, pues, el movimiento con más fuerza, porque ya Freire se manifestó claramente en contra de Vicuña. Peleó en su casa, hubo vasos y botellas quebradas en la mesa en ese día, la mujer quedó llorando y maldiciendo en contra de Benavente y de Gandarillas y de mí". La situación comprometida de Prieto y la apatía de los pelucones movieron a Portales a preparar un levantamiento en Santiago, con el ímpetu y la audacia contagiosa que ponía en todos sus actos. Vicuña había creído encontrar una solución al problema llamando a nuevas elecciones de presidente y vicepresidente. Suponiendo que el gobierno provisional las presidiría, el pueblo se dio cita en el Consulado el día que se fijó el decreto de convocatoria. La asamblea tenía un carácter muy similar a la que depuso e O’Higgins. Todos estaban de acuerdo en la necesidad dc cambiar el gobierno. El acta, luego de varios acuerdos violentos, negaba "la autoridad al que actualmente tiene el mando de la República y a las cámaras que se han puesto en receso". La llegada del presidente Vicuña, ornado con la banda presidencial, mitigó por pocos momentos la granizada de mutuos insultos. El conflicto se tornaba cada vez más grave. Vicuña negó autoridad a la asamblea y se retiró. Los reunidos se dirigieron al palacio de gobierno y desarmaron a la guardia. El presidente, anciano tímido e inerme, imposibilitado de huir, protestaba en todos los tonos que no había dado orden a la guardia de disparar contra el pueblo. Los corifeos del mandatario huyeron. Sólo su hijo, don Pedro Félix Vicuña, permaneció a su lado y, antes de que le arrancaran la banda presidencial, se la quitó, con intención de esconderla en un sombrero. El afligido presidente tuvo, al fin, una idea salvadora. Cuando pudo hacerse oír, solicitó la presencia de Freire, y la multitud, suponiendo que iba a deponer en él su mando, lo trajo en medio de vivas delirantes, lo obligó a sentarse en el sillón presidencial y le terciaron la banda hallada en el sombrero en que la ocultara don Pedro Félix Vicuña. Momentos antes, el presidente Vicuña había huido. Días después delegaría el mando en el intendente de Santiago, para refugiarse en Valparaíso. A los cuatro días de la revuelta había en Santiago dos poderes. Ramon Freire Serrano De un lado, una Junta, formada por Freire, Alcalde y Ruiz Tagle, y de otro, el presidente Vicuña, sus tres ministros y las antiguas autoridades. El enigma de las fuerzas acantonadas en Tango pronto se resolvió con el pronunciamiento de su jefe, Benjamín Viel, por el gobierno, negando obediencia a la Junta, mientras la vanguardia del ejército revolucionario, mandada por el coronel Bulnes, llegaba a 35 Km. al sur poniente de Santiago, donde se le unieron Rodríguez Aldea, Portales y Rengifo, portadores de dinero para pagar a la tropa y hacer frente a los gastos de la campaña. Casi al mismo tiempo fueron coronadas por el éxito varias iniciativas que acorralaron al ejército gobiernista en Santiago. La prolongación de la lucha iba a ser consecuencia de la actitud de llegar hasta el final, tomada por el coronel Tupper, don José M. Novoa, el joven liberal don Melchor J. Ramos y el francés Pedro Chapuis. Todas las tentativas de arreglo fueron inútiles, aunque hubiera acuerdo entre los dos ejércitos, producido en varias ocasiones. Mediante un golpe de mano sangriento, los revolucionarios se apoderaron de Valparaíso y el presidente Vicuña se vio obligado a huir a Coquimbo. Los dos ejércitos rivales: el constitucionalista, al mando de De La Lastra, y el "Libertador" o del sur, al de Prieto, se encontraban frente a frente en Ochagavía, dispuestos a dirimir por las armas el conflicto político. El segundo superaba en la caballería al primero, mas era incapaz de batirse con él en campo abierto por su absoluta inferioridad numérica. Ante el ataque de los gobiernistas, dirigido por Viel en persona, Prieto se vio forzado a replegarse. Pero a la altura de San Bernardo hizo cara a sus perseguidores, derrotándolos. Cuando ambos cuadros se reorganizaban, una bandera de tregua interrumpió el combate. Las pérdidas, en ese momento, del ejército constitucionalista eran menores que las del adversario; pero tanto De La Lastra como Viel estaban convencidos, si no de su próxima derrota, al menos de la imposibilidad de batir a Prieto. De La Lastra y Prieto convinieron en Ochagavía un acuerdo que no conocemos sino a través de versiones posteriores, adulteradas por el encono partidario. Luego de largos y azarosos altercados, de que fueron principales protagonistas Tupper, Viel y Godoy, a las 6:30 del 16 de diciembre los dos jefes firmaban un tratado de diez artículos, según el cual ambos ejércitos se ponían a las órdenes de Freire, que recibía facultades omnímodas; ningún jefe ni oficial podía ser reconvenido por sus opiniones políticas anteriores; el general Freire se hacía cargo también del poder político, procediéndose a la elección de una junta provisional, Junta que convocaía a un congreso de plenipotenciarios, al que se daban también instrucciones. Francisco de la LastraDesde antes de firmarse el pacto, los bandos se orientaron en el sentido de proseguir la guerra civil a todo trance. A la vez que en Ochagavía tenían lugar las negociaciones señaladas, la provincia de Coquimbo caía en poder de los revolucionarios, que capturaron al presidente Vicuña, y Concepción era dominada por el coronel Cruz restableciéndose el régimen pipiolo. Al finalizar la primera etapa de la guerra civil de 1829-1830 estalló de inmediato la segunda, encauzada en la lucha entre los estanqueros y o’higginistas y los liberales moderados. El precio del pacto de Ochagavía había sido la eliminación del grupo pipiolo, que, por lo demás, no tenía fuerza desposeído del gobierno y del ejército. En cambio, los estanqueros, rehabilitados ya en la tornadiza opinión de la época, representaban un poder efectivo y contaban con las mejores cabezas políticas del momento. Estanqueros y liberales unidos podían formar un partido más poderoso que el antiguo liberal aristócrata, que gobernó desde 1824 hasta 1828. La tercera fuerza la constituían los o’higginistas, con Rodríguez Aldea al frente. En observancia de la parte electoral del compromiso, se eligió una Junta compuesta por don José Tomás Ovalle, don Isidoro Errázuriz y don Pedro Trujillo, que reflejaban a la mayoría de la capital, mayoría que no poseía voluntad activa y que, además, estaba cohibida por dos ejércitos enemigos, ninguno de los cuales le era adicto. Dos acontecimientos señalaron el rumbo al nuevo gobierno: el mando civil, que ganó una extraña eficacia, una clarividencia realista hasta entonces desconocida en Chile, y la dispersión del ejército de Lastra, mientras el de Prieto seguía intacto acantonado en Ochagavía. Pronto se produjo la ruptura entre Freire y los revolucionarios. El general se dirigió al norte al frente de tres batallones pipiolos, mientras la Junta aprovechaba en Santiago todos los recursos que era imaginable suponer, organizándolos con una eficacia asombrosa. A principios de febrero estaban reunidos en Santiago los plenipotenciarios de seis provincias. Las sesiones preparatorias del congreso se inauguraron el día 9, bajo la presidencia de don Isidoro Errázuriz, y el 17 se nombraba presidente y vicepresidente interinos a don Francisco Ruiz Tagle y a don José Tomás Ovalle, representantes de dos variantes muy acusadas de la aristocracia santiaguina. Portales calificaba a Ruiz Tagle, su primo hermano, de "espléndido pavo real". Honrado y respetuoso, encarnaba la variante fastuosa y decorativa del "hombre equilibrado", que la aristocracia chilena persiguió con admirable constancia. Ovalle, que iba a llevar la parte más ardua de la revuelta, era doctor en cánones y leyes, sencillo y bondadoso, sin deseos de figuración; es decir, la variante opuesta. Los cuarenta y dos días del gobierno de Ruiz Tagle transcurrieron en una lucha sorda contra los mismos hombres y bandos que lo eligieron. No halló tropiezos en la preparación de la campaña contra Freire, porque Prieto procedía sin tomarlo en cuenta, secundado apenas por el Ministro del interior, presbítero Meneses, que desempeñó también el Ministerio de la Guerra hasta que el general Benavente se hizo cargo de él. Varios militares destacados, entre otros los generales Lastra, Borgoño y Las Heras, se negaron a reconocer autoridad al congreso de plenipotenciarios. Ruiz Tagle dio curso a un decreto que separaba del ejército a los recalcitrantes, mientras hacia nuevos esfuerzos, por llegar a un entendimiento con Freire. El efímero prestigio alcanzado por la Junta se había desvanecido con las nuevas maquinaciones políticas. Se pidió a Ruíz Tagle que renunciara en forma decorosa. El presidente interino se resistió cuanto pudo, hasta que Portales logró convencerlo y delegó el mando en Ovalle. Se le creaba al nuevo mandatario un problema gravísimo, pues nadie quería asumir las responsabilidades ministeriales y Portales prefería mantenerse al margen como orientador. Egaña y Benavente se habían excusado, cuando Portales, a punto de partir a Copiapó para asuntos personales, hubo de aceptar, luego de haber exclamado en un arranque súbito: "Si nadie quiere ser ministro, yo estoy dispuesto a aceptar hasta el nombramiento de ministro salteador". La decisión causó asombro, pues se le había rogado sin éxito que aceptara la vicepresidencia provisional en lugar de Ovalle. El 6 de abril de 1830, el presidente firmaba un decreto que iba a decidir la suerte de Chile. El primer efecto de la presencia de Portales en el gobierno fue el súbito cambio del temor y la incertidumbre colectivos por el renacimiento de la confianza. Prieto se decidió, por fin, a seguir al pie de la letra sus sugerencias políticas, actitud que iba a tener extraordinarias repercusiones históricas. Mientras Viel se apoderaba de Concepción y ponía sitio a Chillán, luego de juntar más de mil hombres y abundantes pertrechos, la expedición de Freire al norte se resolvía en un estrepitoso fracaso, al intentar reunirse con las fuerzas de Viel por mar. Por fin lograron unir sus fuerzas Viel, Rondizzoni, Tupper y Freire, que completaron unos 1.750 soldados y 4 cañones. El intacto ejército de Prieto contaba, por su parte, con 2.200 hombres y 12 cañones, además de la presencia en sus filas del general Cruz, que, desde su jefatura en el Estado Mayor, logró en 15 días organizar las tropas. La superior calidad de la infantería de Freire equilibraba las fuerzas. La dirección táctica y estratégica tenía, por tanto, la última palabra. En la noche del 14 al 15 de abril, el ejército revolucionario pasó el Maule y ocupó Talca antes del mediodía. El día 16, Prieto y Bulnes se situaron a una legua al nororiente del pueblo. En la noche urdieron un simulacro de amago a la plaza y se trasladaron con sigilo a Lircay en previsión de una sorpresa. Advertida la maniobra por Freire y Rondizzoni, tomaron posiciones a su vez a casi medio kilómetro del río, ajustando la línea de batalla a las sinuosidades del terreno. Prieto inició un movimiento envolvente, para tomar al enemigo por su flanco. Dejó la caballería y algunos cañones en las anteriores posiciones, para impedir a Freire el repliegue hacia Talca, y, aparentando proteger su retirada al sur, flanqueó con el resto de sus tropas las posiciones de Freire por el llano que se extiende entre el extremo norte de Cancha Rayada y el cerro de Baeza. Tanto Freire como sus oficiales, juzgaron el movimiento como una retirada. Al percatarse de que Prieto seguía avanzando hacia el sur, Freire ordenó a Viel que situara su caballería en la llanura contigua a sus posiciones, para observar al enemigo. En seguida, temiendo que se tratara de una estratagema, ordenó a Rondizzoni que se uniera a Viel. De este modo, el ejército revolucionario quedó interpuesto entre el de Prieto y el Lircay, si volvía al norte, y en situación de replegarse a Cancha Rayada si el enemigo respondía a la provocación que determinaba este corto avance. Juzgaban ya esquivada la batalla cuando llamó a Freire y a sus oficiales la atención el hecho de que los artilleros enemigos enganchaban sus piezas y a la máxima velocidad posible se dirigían al surponiente. Todos creyeron que Prieto se encaminaba a Concepción, pero, antes de veinte minutos, observaron con sorpresa que sus hombres ocupaban al trote los extramuros al norte de Talca y que el jefe gobiernista tendía su línea de batalla, amparado en escasos accidentes y en algunos edificios de pobre consistencia. Freire aceptó el combate en condiciones, al parecer, ventajosas para él. Pronto pudo darse cuenta, sin embargo, de la superioridad del comando táctico de Prieto. Batida de frente por la artillería y envueltos ambos flancos por la infantería, la línea de Freire empezó a vacilar. Ante la imposibilidad de restablecerla, dio orden de replegarse al Lircay, exactamente a las mismas posiciones que Prieto había abandonado en la mañana. Allí comprobó Rondizzoni que eran mucho peores que las anteriores, a lo que le afirmó Freire: "Pues, coronel, aquí debemos echar el resto". Como último recurso, Rondizzoni cargó con toda la caballería sobre la infantería de Prieto, antes de que pudiera protegerla la artillería. Bulnes simuló la retirada hasta arrastrarlo lejos de la infantería y, volviendo cara súbitamente y reforzado por un escuadrón de refresco, la destrozó en menos de diez minutos. Viel huyó al norte. Rondizzoni se retiró del campo de batalla herido, azar feliz que le valió salvar la vida. Freire, abrumado por el descalabro, siguió las huellas de Viel, con Novoa y otros civiles. Pero Bulnes, con rapidez asombrosa, cortó la línea de retirada de la infantería enemiga, mientras Cruz y Prieto la cercaban por el frente y los flancos. Se peleaba con furor demoniaco. Los soldados, de ambos ejércitos se odiaban más que los realistas y patriotas. En el ejército gobiernista surgió la consigna de "no dejar gringo vivo", vindicta popular que hoy nos aparece repugnante, pero que en aquellas circunstancias era la consecuencia inevitable de la intromisión de Viel, Tupper y Rondizzoni al encabezar dos guerras civiles. Elizalde, jefe sustituto de Freire, murió atravesado por una bala. El número de cadáveres y de heridos era enorme. Sólo unos doscientos hombres lograron huir, pero fueron capturados antes de la noche. El coronel Tupper había peleado a pie, y al buscar su caballo para retirarse, no lo halló. Fue materialmente despedazado a sablazos, lo mismo que el oficial de marina Roberto Bell. Prieto se había propuesto concluir con la guerra civil por medio del aniquilamiento del ejército de Freire. Logró su objetivo, más que por la superioridad numérica, por la consecución de un comando táctico impecable, que no tiene precedente ni émulo posterior en la historia militar de Chile. Por orden de Portales, se hizo el silencio en torno a esta batalla fratricida, para que el régimen de 1830 surgiera "de la libre voluntad de los pueblos". La pacificación de las provincias de Coquimbo, Concepción y Chiloé era ineludible. Fue más difícil la primera, por la unión del revolucionario Uriarte y Viel, que con sus 600 hombres no pudieron oponer resistencia, sin embargo, al general gobiernista José Santiago Aldunate.
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Cancha Rayada
Desastre de Cancha Rayada (29 de marzo de 1814)
En la mañana del 29 de marzo de 1814 las fuerzas patriotas, compuestas por 1.400 soldados al mando de Manuel Blanco Encalada, atacaron la ciudad de Talca, la que se encontraba en poder de los realistas al mando del guerrillero Ángel Calvo, que era un hacendado chileno que se pasó al bando de los realistas en el sitio de Chillán.
Los soldados patriotas acometieron con empuje tal, que el asalto parecía tener el éxito asegurado. En esos momentos Blanco Encalada se informó de que fuerzas realistas habían pasado el río Maule y acudían en auxilio de Calvo.
El jefe de los patriotas, en vez de seguir el asedio, se replegó y tomó posiciones en Cancha Rayada, intentando hacer frente a la división realista que llegaba. Por desgracia, un crecido número de oficiales y varios jefes de cuerpos emprendieron la fuga en dirección a Santiago.
Los restantes oficiales del ejército patriota intentaron reorganizar la defensa, pero cayeron prisioneros junto con un grupo de soldados.
En un cuarto de hora 450 realistas dispersaron a 1.400 soldados patriotas, tomando 300 prisioneros, víveres, municiones, cañones y armas diversas.
Sorpresa de Cancha Rayada (19 de marzo de 1818)
Acción de guerra desarrollada en las llanuras de Cancha Rayada, cerca de la ciudad de Talca, en la noche del 19 de marzo de 1818.
Unos 5.000 realistas estaban fortificados en Talca cuando el ejército patriota fue a ocupar el llano de Cancha rayada, un poco al noroeste de la ciudad de Talca.
Las tropas del general José de San Martín y del general Bernardo O'Higgins, unos 7.000 hombres, estaban pernoctando en este lugar después de la batalla de la tarde del mismo día, dada en las afueras de Talca.
Analizando la desproporción de fuerzas, y visto el cansancio de sus tropas, Osorio, el jefe español se creyó perdido, y decidió caer de sorpresa sobre la fuerza patriota.
La batalla fue corta y sangrienta. O'Higgins fue herido en un brazo y perdió su caballo. San Martín se vio obligado a disponer la retirada ante el destrozo ocasionado por el enemigo.
La noticia llegó a Santiago en la mañana del 21, dándose por muertos a O'Higgins y a San Martín.
Ante esta emergencia, se celebró un Cabildo Abierto que acordó dar el mando y defensa de la patria a Manuel Rodríguez. Éste desarrolló mucha actividad organizando la defensa de Santiago. Asumió el 23 y entregó el mando el 24 al llegar O'Higgins y retomar su puesto.
Las pérdidas realistas subieron a 14 oficiales y 300 soldados, o sea, más del quince por ciento del efectivo de 2.000 hombres con que entraron en combate. Osorio tuvo, además, 800 dispersos.
Las bajas patriotas fueron ligeramente inferiores a las realistas. Pero los restos del ejército huyeron hacia el norte en la más espantosa confusión. Caballos, mulas, municiones, artillería, fusiles, parque, bagajes, todo quedó en el mismo campo de batalla o fue abandonado en el camino.
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“Diccionario Histórico de Chile”, Jordi Fuentes y Lía Cortés
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Batalla de Maipú (5 de abril de 1818)
Luego del triunfo del Ejército Patriota en Chacabuco, éste inició una agotadora campaña militar para poner término en forma definitiva a la ocupación española y consolidar la Independencia de Chile. Como consecuencia de esa derrota, el Ejército Realista escapó con parte de sus medios a Valparaíso, a fin de reembarcarse para el Perú, mientras el resto de las tropas lo hacía en dirección al sur del país con el objetivo de reorganizarse y enfrentar nuevamente al triunfante Ejército de los Andes.
Las fuerzas realistas al mando del brigadier José Ordóñez, presentaron en Talcahuano una sostenida resistencia a la división chilena que marchó tras ellos a combatirlos. A fines de diciembre de 1817, el Libertador General Bernardo O'Higgins debió emprender la retirada hacia el norte, al frente de toda su División, en atención a que una nueva fuerza expedicionaria enemiga, al mando del general Mariano Osorio, se aprestaba a desembarcar en la bahía.
La División O'Higgins se reunió con el grueso del Ejército el 6 de marzo de 1818 en la localidad de San Fernando. Trece días más tarde, esta fuerza era derrotada en Cancha Rayada en las cercanías de la ciudad de Talca, produciéndose una dispersión general de las tropas patriotas y quedando O’Higgins gravemente herido en su brazo derecho, situación que lo obligó a retornar a Santiago.
Pese a lo ocurrido en Cancha Rayada, el Ejército Patriota se reagrupó nuevamente en menos de dos días en una cantidad cercana a los 4.000, logrando el general en Jefe, José de San Martín, en los días siguientes, reconstituir las unidades casi en su totalidad. Así, el 2 de abril, al dejar el campamento de Ochagavía para trasladarse a los cerrillos de Maipo, el Ejército Patriota aparecía organizado en tres divisiones con un total general de 396 Jefes y Oficiales y un poco más de cinco mil suboficiales, clases y soldados.
Por su parte, el Ejército Realista, no había cesado en su afán por consolidarse y derrotar a los patriotas, iniciando después de Cancha Rayada una insistente y agotadora persecución, la que fue resistida en los campos y ciudades, situación que fue retardando su avance hacia Santiago, dando algún tiempo a los patriotas para reorganizarse y planificar la forma de detenerlos e impedir su llegada a la capital.
Previendo esta situación y ya en Santiago, el general O'Higgins dispuso algunas medidas de importancia que ayudaran al fin propuesto, como por ejemplo recoger los fusiles y sables que Manuel Rodríguez había distribuido en el pueblo con anterioridad; apresurar el envío de armas desde Los Andes; adquirir o requisar las armas de los comerciantes y particulares de Santiago para rearmar al Ejército; reunir combatientes, especialmente de línea, entre la población y dispersos llegados desde el sur; dejar para los servicios auxiliares las milicias y organizar un campo de instrucción en Ochagavía al sur de Santiago.
Entretanto, el general Osorio, sólo después de pasar por San Fernando, a fines de marzo, confirmó que no había logrado derrotar en forma definitiva al Ejército Patriota en Cancha Rayada, y, más aún, que éste se encontraba en condiciones de presentar resistencia e incluso triunfar.
Frente a esta situación se hacía inminente un nuevo y definitivo enfrentamiento entre las fuerzas patriotas y realistas en las cercanías de Santiago.
En conocimiento ambos ejércitos de sus movimientos y número aproximado de hombres, establecieron campamentos relativamente cercanos al sur poniente de Santiago. Allí las tropas respectivas descansaron y se prepararon para el combate.
Al anochecer del 4 de abril el Ejército Realista alcanzó la hacienda de Lo Espejo, quedando a unos 7 kilómetros de las fuerzas patriotas. Al amanecer del 5 de abril el Ejército patriota ocupaba una posición en los cerrillos de Maipo, en el borde sur de una loma que corre de oeste a este, con la División Las Heras a la derecha, la División Alvarado a la izquierda y la División Quintana, atrás. El Regimiento Granaderos, a caballo, quedó en la extrema derecha y los escuadrones de Cazadores de la Escolta Directorial, a la izquierda. La artillería fue ubicada en el centro y las alas.
En cuanto al Ejército realista, sintiéndose más débil que el adversario, resolvió ocupar una posición en el borde de una meseta triangular que se extendía al norte de las casas de Lo Espejo.
Dándose frente los dos ejércitos, separados por una hondonada, permanecieron inmóviles en sus respectivas posiciones, a la espera de los acontecimientos.
A las 11:30 de la mañana San Martín ordenó que rompieran el fuego las 8 piezas de la artillería del Comandante Blanco Encalada y las 4 de reserva. La artillería realista respondió en el acto. Al cabo de media hora y ante la ninguna efectividad de estos fuegos, San Martín impartió orden a las Divisiones Las Heras y Alvarado de atacar al enemigo que tenían enfrente.
En seguida, los escuadrones de Cazadores de la Escolta Directorial, comandados por el Coronel Freire, cargaron contra la caballería enemiga que se había situado en el flanco este, dispersándola en todas direcciones. El Teniente Coronel D. Santiago Bueras cayó al frente de su escuadrón, con el pecho atravesado por una bala adversaria.
Ante la furia de los patriotas, los españoles se replegaron hacia las casas de Lo Espejo. En los instantes en que las últimas tropas realistas alcanzaban las citadas casas, llegaba al campo de batalla el Libertador O'Higgins, seguido de un millar de milicianos y de algunos cadetes de la Academia Militar. Se dirigió hacia donde se encontraba el General San Martín y, echándole al cuello su brazo izquierdo, le dijo emocionado: "¡Glorias al Salvador de Chile". EI General en Jefe respondió: "General, Chile no olvidará jamás el nombre del ilustre inválido que el día de hoy se presentó herido en el campo de batalla".
La infantería patriota cargó con ímpetu irresistible sobre las casas donde se guarecían y defendían los españoles. Impresionado por la violencia de la lucha, el Coronel Las Heras ordenó suspender el fuego a los suyos. Los restos del Ejército Realista, refugiados en el huerto y la viña, se vieron obligados a rendirse, mientras los milicianos y huasos que habían llegado con O'Higgins perseguían a los dispersos y los capturaban al lazo. De los 4.500 realistas que participaron en la batalla 1.500 murieron; 2.289 fueron hechos prisioneros y unos 700 lograron huir.
En este hecho de armas quedó de manifiesto la importancia del mando y el conocimiento exacto de los hombres. La disciplina militar expresada por las correctas maniobras estratégicas que precedieron la batalla, las hábiles maniobras en el campo de acción y la combinación del empleo oportuno de las armas, fueron la manifestación más clara de ello, haciendo de Maipú la primera gran batalla americana, histórica y científicamente comprobado. Allí, la Nación y el Ejército eran una sola entidad, pues los otros servicios públicos casi no existían y a la suerte de las armas estaba ligado el porvenir de la naciente patria. Por esto, todos los elementos aprovechables eran soldados y éstos, lo mejor del país.
Maipú afianzó en forma definitiva los notables resultados de la jornada de Chacabuco y llevó al convencimiento de los mandatarios y jefes realistas del Perú, Alto Perú y Nueva Granada, que la emancipación de la América Hispana era un hecho indiscutible e irrevocable.
Gran participación tuvo en esta batalla la Caballería, razón por la cual todos los años, en honor a esta histórica fecha, se celebra el día del Arma de Caballería Blindada.
Fuente Internet:
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